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Crítica de "I Masnadieri": Verdi y un buen reparto hacen vibrar al Teatro Real

Joan Matabosch acierta en la idea de programar en concierto el Verdi de su primera época, conocida como la de “galeras”, con buenos repartos. Así hemos visto “Attla”, “I Lombardi allá prima crociata” y ahora “I Masnadieri”.

“I Masnadieri” supone uno de los episodios más curiosos de los años de galera de Giuseppe Verdi. Corría 1847, y el de Busseto, con la salud siempre en un hilo y el genio en plena ebullición, se convertía en el primer compositor italiano en recibir un encargo directo del Her Majesty’s Theatre de Londres.

Verdi no era tonto. Sabía que Londres no era la Scala ni el San Carlo. Allí mandaba el gusto por lo espectacular y, sobre todo, por las estrellas. Para el estreno, contó con la legendaria Jenny Lind, la “ruiseñor sueco”. Verdi, siempre pragmático, diseñó el papel de Amalia a la medida de Lind: lleno de trinos, ligerezas y una coloratura de belleza etérea que, a veces, parece chocar con la rudeza dramática de la trama.

La obra se basa en “Die Räuber” de Schiller. Antes ya se inspiraría en este escritor en “Giovanna d’Arco” y después en “Luisa Miller” y “Don Carlo”-Tenemos a Carlo, el hijo pródigo convertido en bandido; a Francesco, el hermano villano en un ensayo general para lo que sería Iago años después; y al viejo Massimiliano, el padre sufriente.

La acción arranca con Carlo arrepentido de su vida criminal, pero engañado por una carta falsa de su hermano Francesco, quien le hace creer que su padre lo ha repudiado. Despechado, Carlo jura lealtad eterna a su banda de forajidos. Mientras tanto, Francesco trama la muerte de su padre y acosa a Amalia, la prometida de Carlo.Tras una serie de peripecias -incluyendo a un Massimiliano que sobrevive milagrosamente a un encierro en una torre-, Carlo descubre la traición de su hermano. Sin embargo, el honor pesa más: Carlo no puede romper su juramento con los bandidos. En un final de un pesimismo atroz y brevísimo, Carlo mata a Amalia sin que lleguemos a entender la razón si no es a través de Schiller.

Musicalmente, "I Masnadieri" es una partitura de contrastes violentos. No tiene la cohesión de "Macbeth" -estrenada apenas meses antes-, pero destila una energía cruda. El preludio es una joya camerística, con un precioso solo de violonchelo escrito para Alfredo Piatti que nos habla de la introspección de Carlo y que tocó muy bien el solista de la Sinfónica. Francesco tiene momentos de gran fuerza teatral. Su sueño en el cuarto acto, “Pareami che sorto da lauto convito”, prefigura el monólogo de Boris Godunov o las grandes escenas de sombras de Wagner. Aunque sigue el esquema de aria y cabaletta, se nota a un Verdi buscando romper las costuras, especialmente en los coros de bandidos, que tienen ese empuje rítmico tan suyo.

En definitiva, "I Masnadieri" es una ópera de claroscuros. Quizás le falte ese hit popular que se tararea al salir, pero a cambio nos ofrece un Verdi experimentando. No es su obra más redonda, pero ¡vaya si tiene garra! Y eso es lo que llevó al triunfo el Teatro Real, con un público entusiasmado, aplaudiendo, vitoreando e incluso obligando a un bis de Lisette Oropesa.

Pero no fue sólo Verdi, sino también el acierto en el reparto. Cumplieron muy bien en los personajes no digamos secundarios, porque no lo son, Alejandro del Cerro, George Andguladze y Albert Casals. El tenor Piero, de voz con más consistencia vocal que belleza, fue desde su aria introductoria de menos a más, quizá debutando en el papel, lo que le hizo no acabar de matizar como lo hicieron los otros dos protagonistas. La citada Oropesa y Nicola Alaimo tuvieron sendas magníficas actuaciones. El barítono supuso una afortunadísima sustitución. Dominó el papel y lo matizó. Fraseó con mucho gusto y hasta con una nobleza en los primeros actos quizá excesiva para la maldad del personaje. Formidable en la citada aria del sueño del IV acto. Oropesa brilló tanto como pudo hacerlo la célebre Jenny Lindt, que tanto cantó en el primitivo Teatro Real. Especialmente brillante en los trinos, matizando y con una voz que llega a todos lados, hubo de bisar el final de la cabaletta “Carlo, io muoio”, incluso añadiendo un sobreagudo espectacular. Por cierto, se repitieron todas las caballetas y Alaimo bordó una de ellas al variarla en la segunda.

Dirigió Francesco Lanzillotta de forma vibrante, con una orquesta en estado de gracia y un coro de casi cien miembros, quizá excesivo en sonoridad, pero que ayudó a transmitir energía en sus fundamentales intervenciones.

Una noche para el deleite. Por fin ópera y sin necesidad de escena.

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