Bad Bunny y el amor como resistencia
“Los artistas están aquí para perturbar la paz”.
James Baldwin lo entendió antes que muchos. Bad Bunny lo confirmó en trece minutos de música, idioma e historia, durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl más visto en la historia de ese evento.
Lo que ocurrió ahí no fue una simple fiesta. Tampoco, una provocación diseñada para escandalizar a nadie. Fue una intervención cultural cuidadosamente construida en el evento mediático más simbólico e influyente de Estados Unidos, una nación que atraviesa uno de sus momentos de mayor polarización, miedo y repliegue identitario. Y lo hizo sin discursos, sin arengas, sin traducción.
El mensaje central de Bad Bunny esa noche fue simple y, por eso mismo, profundamente político: lo único más poderoso que el odio es el amor.
No fue un eslogan ingenuo ni un llamado abstracto a la concordia. Fue una respuesta concreta a un tiempo marcado por la persecución, la sospecha y la estigmatización. En un país donde se criminaliza al inmigrante, se vigila al que habla otro idioma y se normaliza el desprecio como forma de liderazgo, Bad Bunny eligió otra respuesta: amar más a los suyos.
Amar la lengua que le dijeron que moderara.
Amar una identidad que, durante décadas, fue tratada como problema.
Amar una historia atravesada por la colonización, el abandono y la migración forzada.
Todo eso, sin pedir permiso ni traducción.
Ese amor no es pasivo. Es una forma de resistencia que se niega a devolver el golpe con odio, aun cuando el impulso sea humano y comprensible. No porque falte rabia –Puerto Rico sabe de sobra lo que es la rabia–, sino porque convertirla en creación ha sido, históricamente, una estrategia de supervivencia.
Puerto Rico nació en la ambigüedad: sus habitantes son ciudadanos estadounidenses, pero la isla no es una nación; votan, pero no eligen presidente; tienen símbolos sin soberanía y una historia marcada por la exigencia permanente de agradecimiento.
Desde ese lugar, se entiende a Bad Bunny. No como provocador, sino como heredero de una tradición que convirtió el maltrato en cultura, la exclusión en ritmo y la rabia en celebración.
Cuando canta en español en un espacio que históricamente ha exigido asimilación, Bad Bunny no confronta a Estados Unidos: le devuelve una parte de su propia realidad. La de un país construido también –y desde hace mucho– en otras lenguas, otras historias y otras memorias.
Puerto Rico como archivo vivo
Nada en el espectáculo fue decorativo. La caña de azúcar no fue una postal tropical ni un recurso estético neutro: fue memoria. España introdujo el cultivo en el siglo XVI y lo convirtió en la base de un sistema de plantaciones sostenido por la esclavitud. Tras la invasión estadounidense de 1898, Puerto Rico pasó a ser también una colonia azucarera del nuevo imperio, con corporaciones continentales controlando gran parte de la producción y extrayendo beneficios millonarios.
Durante décadas, para los poderes externos, la población local fue tratada como un problema administrativo, una variable incómoda. Y, sin embargo, Puerto Rico no se quebró. Inventó música, cocina, oralidad, redes comunitarias, economías propias. Produjo una cultura resistente, gozosa y profundamente creativa, capaz de sobrevivir al despojo sin renunciar a la alegría. Bad Bunny condensó todo eso sin pedir indulgencia. Una verdad expuesta, sin explicaciones.
Ocho décadas después de que el gobierno estadounidense prohibiera izar la bandera puertorriqueña o cantar canciones patrióticas, ahí estaba Benito Antonio Martínez Ocasio ondeándola sin complejos, rodeado de banderas latinoamericanas, ante una audiencia de más de cien millones de personas. No fue casual. Fue política sin discurso.
El contexto importa
El espectáculo ocurrió en un momento particularmente áspero en Estados Unidos: redadas migratorias normalizadas, agentes federales enmascarados entrando a casas de familias latinas, un clima de sospecha permanente hacia lo distinto. Días antes, en los Premios Grammy, Bad Bunny había sido explícito en su rechazo a la violencia institucional. En el Super Bowl, no necesitó palabras.
Su respuesta no fue el grito. Fue el amor.
Ese amor también apareció en acciones pequeñas y precisas, fáciles de pasar por alto cuando todo se mira solo como espectáculo. Cuando entregó uno de sus premios Grammy a un niño en el escenario, no estaba apelando a la lágrima fácil ni a la corrección política. El actor infantil representaba al propio Benito en su infancia, vestido como en una fotografía real del cantante cuando era niño.
El momento era íntimo y autorreferencial: el adulto reconociendo al niño que soñó ser grande.
Esa escena dice algo que suele faltar en el debate público contemporáneo: la capacidad de reconocernos sin pedir validación externa. De decirnos que sobrevivir –y hacerlo sin renunciar a lo que somos– vale y valdrá la pena.
No llegó solo
Bad Bunny no se presentó como excepción ni como genio aislado. Reconoció a quienes abrieron camino cuando el precio era alto: Tego Calderón, Don Omar y Daddy Yankee, pioneros que cargaron el estigma del reguetón cuando era perseguido, censurado y criminalizado. El mismo género que hoy suena en el evento deportivo más visto del planeta fue allanado por la Policía en los años noventa, con discos decomisados y artistas tratados como amenaza social.
Nada de esto ocurrió por accidente.
Tampoco fue menor compartir espacio con Ricky Martin, reconociendo una genealogía cultural y una historia de apertura de caminos. Ni invitar a Lady Gaga –una artista estadounidense disruptiva–, no como ornamento, sino como interlocutora. No fue competencia: fue conversación.
Lecciones de geografía e historia, en español
El espectáculo fue presentado así, en español: El show del medio tiempo del Súper Tazón. Y se cerró con una lección geográfica: Bad Bunny nombró, uno por uno, los países que conforman América, recordándole a un país que se apropió del nombre del continente que América es plural.
Recorrió el estadio completo. Cruzó las yardas. Y cerró con un touchdown. No como gesto triunfalista, sino como apropiación simbólica: también sabemos jugar este juego.
Hubo otra elección silenciosa, menos comentada pero igual de elocuente. Bad Bunny vistió ropa de Zara, una marca de bajo costo. Pudo no hacerlo. Su fama lo ha convertido en modelo habitual de casas de alta costura, en rostro de diseños exclusivos, en invitado permanente del lujo global.
Pero esa noche no vistió como ícono aspiracional, sino como alguien que no necesita elevarse para ser visto. No fue una pose “antimoda”, sino coherencia: no separarse del consumo cotidiano de millones, no marcar distancia desde el privilegio, no convertir el éxito en desclasamiento simbólico.
También ahí hubo mensaje.
Escuchar sin prejuicio
Quienes insisten en que Bad Bunny no tiene letras con profundidad o que no toca temas importantes, simplemente no están escuchando. O escuchan con prejuicio. El apagón, Andrea, Yo perreo sola, Nueva Yol, Lo que le pasó a Hawaii, La mudanza, Debí tirar más fotos: ahí están la migración, la violencia, la gentrificación, el colonialismo, la memoria, la pérdida.
Pero, para entenderlas, hay que hacer algo incómodo: escuchar con atención. Con contexto. Entendiendo la historia de Puerto Rico, que toca heridas compartidas por muchos países del continente. Heridas que algunos liderazgos políticos hoy quisieran reabrir, emular o normalizar.
Por eso, conviene huir del reduccionismo moral. De esa tentación fácil de repartir culpas: “escuchan esta música y votan por X o Y”. Ese atajo no explica nada.
Perturbar la paz
James Baldwin no hablaba de escándalo. Hablaba de verdad. De incomodidad. De romper consensos falsos. Bad Bunny perturbó la paz no con rabia explícita, sino con algo más difícil: alegría consciente, memoria sin rencor, amor sin sumisión.
No pidió permiso.
No tradujo.
No suavizó.
Celebró existir.
En tiempos en que el odio se ha vuelto política pública, amar así –a los propios, a la lengua propia, a la historia compartida– sigue siendo un acto radical.
antonio@sicnetcr.com
Antonio Jiménez es periodista especializado en investigación, contenidos multiplataforma y medios digitales.