Entre Rufián y Felipe cabe todo un PSOE
El PSOE es un partido grande. No solo porque ha gobernado España la mayor parte de su etapa democrática, lo que le convierte, de facto, en uno de los partidos sistémicos del Estado, sino porque hoy gravitan a su alrededor dos personajes tan difíciles de mezclar como el agua y el aceite: Gabriel Rufián y Felipe González. Entre los dos cabe todo un PSOE. Hace tiempo que el portavoz de ERC en el Congreso se ha convertido en el jugador número 12 de los socialistas. Los diputados del puño y la rosa bromean con que tienen dos portavoces en la Cámara. Sí, ver para creer. Pero ayer se volvió a ver en el Congreso: «Óscar Puente no es como Mazón», dijo Rufián en perfecto castellano. ¿Que tiene que dimitir? «No lo sé, habrá que verlo». Ante todo, Rufián otorga el beneficio de la duda, ese que no da el expresidente del Gobierno. Ya sabe, querido lector, que cada vez que el sevillano habla en público no es para poner por las nubes a Pedro Sánchez. Más bien, al contrario. Y el martes, en el Ateneo de Madrid, no hizo una excepción. Felipe está dolido. Ve a «su» PSOE hecho unos zorros y, por eso, no lo votará cuando haya elecciones si Pedro Sánchez vuelve a encabezar la lista. Algunos ministros se mofan directamente de él. Pero el nivel de las bromas es directamente proporcional al cabreo que provoca al presidente escuchar a su antecesor. Si hay algo que el núcleo duro de Moncloa no perdona a Felipe es que quiera seguir mandando como lo hizo en su día. Y la verdad es que mandó mucho. El expresidente no se conformó con ser «el puto amo». Eso se le queda más que corto. Más bien fue «Dios» durante 14 años, como explican buenas periodistas que le siguieron y que ahora, en los pasillos del Congreso, explican de qué iba esto del periodismo político antes de que las redes sociales lo cambiaran todo. El caso es que ahora a Felipe le cuesta ser un santo. Pero el PSOE –y la política española en general– no deja de sorprender. El nuevo «crush» de Moncloa es Rufián, al que le pasa un poco como a Felipe. Mucho, los suyos, no le quieren. Quizá eso explique que se haya puesto entre ceja y ceja liderar otra izquierda a la izquierda del PSOE, alimentado por el propio PSOE, donde a todos se les cae la baba con él, empezando por el propio presidente. Sánchez dijo que había que aprender mucho de él. Rufián, que sabe que le toca ser humilde, no lo dice. Pero sabe que puede ser el líder de otra izquierda internacionalista, incluso aunque quiera separarse de Algeciras. Parece que Rufián, esa estrella que te gana un partido él solo, ha sacado la cuestión nacional de su «kit» ideológico. La verdad es que nunca entendí a la izquierda independentista porque, precisamente, son los valores universalistas –igualdad, internacionalismo y emancipación del individuo– los que le dan sentido. Para la izquierda original, el sujeto político final es la humanidad o la clase. Pero si añades el nacionalismo, la cosa se descuadra: para un nacionalista, la humanidad está «naturalmente» dividida en naciones con derecho a su propio Estado. Por eso, entiendo como una traición sustituir la ciudadanía por identidades étnicas y culturales. Felipe y su generación aborrecen a los nacionalistas. Siempre he oído a los socialistas de raza decir que su verdadero adversario es el nacionalista, y más aún el independentista. Pero este PSOE ha coqueteado tanto con ellos que donde antes hubo inquina ahora hay pasión desmedida. Rufián niega que esté tramando algo con el PSOE. Aunque Sánchez, que es muy listo, ha olido carne de trofeo. Bien haría Rufián en cuidarse de los cantos de sirena del «establishment» de la M-30. Da la sensación de que el presidente le está dando el mismo amor que le dio a Yolanda Díaz cuando Pablo Iglesias ya no les servía. España está abonada al esperpento. Hace unos años escandalizó que un independentista catalán fugado decidiera el Gobierno del país que quiso romper. Ahora no puede escandalizar que otro independentista quiera dirigirlo.