Del comanejo internacional a la competencia hegemónica
Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
El 22 y 23 de enero recién finalizado se llevó a cabo la reunión de evaluación y seguimiento sobre la COP30 de Brasil en un hotel de la capital dominicana con los becarios de Energeia Network, el equipo técnico del Consejo Nacional para el Cambio Climático y Mercados de Carbono, técnicos de los ministerios de Relaciones Exteriores y de Medio Ambiente y Recursos Naturales, así como representantes de Costa Rica, Honduras y Panamá de manera presencial, y Colombia, Chile y Perú de forma virtual.
En mi presentación, la cual lleva el título del presente artículo, ofrecí una visión de largo plazo y perspectiva histórica reciente, así como los antecedentes fundacionales plasmados en la Carta de las Naciones Unidas y el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.
Citamos el principio cardinal del derecho internacional y la norma general imperativa sobre “la obligación que tienen los Estados” en abordar el cambio climático como una controversia que tiene solución mediante la negociación de las 195 partes y recurso aceptado por todos los Estados bajo el arreglo pacífico de controversias.
Además, desarrollamos un análisis de las siete décadas de evolución del multilateralismo ambiental, con hitos por décadas que respaldan nuestra teoría política de cómo surgió todo un movimiento internacional en favor de la conservación del patrimonio natural mundial, hasta llegar al fin de una era que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos ayudó a diseñar un mundo de reglas, acuerdos internacionales y normas para restringir a los poderosos de apoderarse del territorio y empoderar a los débiles a través de un escenario multilateral global sin recurrir a la guerra y como en la actualidad tenemos una diplomacia ambiental en crisis fruto de las medidas unilaterales tomadas por la administración Trump trayendo como consecuencia la ruptura de la comunidad internacional.
La rivalidad geoestratégica entre Estados Unidos y China es el centro de los cambios en las relaciones internacionales. El presidente Trump con sus órdenes ejecutivas está unilateralmente reestructurando el sistema económico global bajo el cual la mayoría de los países han operado durante los últimos años e intenta restaurar el orden internacional unipolar.
Otra explicación importante es las diferencias internas al interior de las dirigencias política y económica estadounidense, lo cual han impedido que el Estado estadounidense asuma un liderazgo en el multilateralismo, existiendo una profunda diferencia entre republicanos y demócratas.
Mientras los primeros se han comportado como ultraconservadores y negacionistas del cambio climático, los segundos colocaron el combate al cambio climático como prioritario en la política exterior , promoviendo la transformación de la política energética introduciendo las renovables a la vanguardia de las acciones en la economía.
En suma, las serias diferencias entre las administraciones demócratas y republicanas han restado capacidad de acción a EE. UU. en este ámbito de la política multilateral y el gran desafío de toma de liderazgo a recaído sobre una potencia emergente, la República Popular China.
En el siglo XXI, China comenzó a mostrar importantes modificaciones en su discurso público respecto de este tema, buscando una transición desde una imagen de potencia contaminadora hacia una nueva imagen de potencia verde respetuosa del medio ambiente.
En 2012 el Partido Comunista Chino incorporó en sus discursos oficiales un marcado y definitivo tono verde, señalando que el plan estratégico de China era “construir una civilización ecológica” e incorporaron esta meta en la Constitución del país.
De esta forma, en 2014 los EE. UU. y China alcanzaron un acuerdo en el tema de reducción de las sus emisiones de GEI. El presidentes Barack Obama y Xi Jinping se comprometían a que los Estados Unidos reduciría “sus emisiones entre 26 a 28 % en 2025 respecto a 2005” y, a su vez China se fijaba “el objetivo de disminuir las suyas en cifras absolutas a partir de 2030, y si es posible antes”; por lo tanto, ambos naciones se comprometían para que al año 2030 “las fuentes de energía no generadoras de emisiones supongan el 20 % de su mix energético”.
El acuerdo Presidentes Obama y Jinping permitió que seis años después del fracaso de Copenhague se realizara la COP21 en París en el año 2015, dando lugar al Acuerdo de París con un renovado optimismo. Debemos reseñar también la consolidación de una nueva diplomacia climática internacional. Estados Unidos y la Unión Europea concertaron su acercamiento diplomático a Beijing con vistas a lograr reducir las emisiones y su contribución al cambio climático.
La estrategia funcionó por dos importantes razones:
En primer lugar, porque el acercamiento a China se produjo desde una perspectiva de igual a igual –lo que tuvo una acogida positiva en Beijing– y también, por que el factor de protección ambiental y de sostenibilidad encajaba con su objetivo de ascender en la cadena de valor global y reforzar su poder blando.
En el año 2014, el acuerdo entre Estados Unidos y China estableció topes a las emisiones chinas antes del 2030, poniendo fin así a la tradicional negativa de las naciones en vías de desarrollo a limitar sus emisiones contaminantes.
El mundo está todavía muy lejos de poder cumplir con el objetivo de prevenir un cambio climático dañino. Contamos con evidencias de que los gases de efecto invernadero acumulados tienen ya efectos sensibles sobre el clima, y como consecuencia, las cuestiones climáticas se convierten en un factor que influye en la diplomacia, la seguridad y la geopolítica internacional.
A modo de conclusión, el cambio climático conducirá a un entorno geopolítico más disputado y, al mismo tiempo, será un reflejo del mismo. Efectivamente, una característica fundamental –y sorprendente– de la nueva narrativa sobre seguridad climática y geopolítica es el reenfoque de la cuestión climática: ha pasado de ser percibida como un factor de inestabilidad y de fracaso en la cooperación entre Estados, a convertirse en un elemento clave de la gran estrategia global, tanto en términos de preocupación planetaria como de competencia entre grandes potencias.
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