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Amor envuelto en celofán

Cada febrero, el chocolate se convierte en protagonista absoluto del amor. Las vitrinas se llenan de corazones de cacao, las campañas publicitarias lo presentan como mensajero de pasiones profundas y pareciera que la historia misma hubiese decretado que amar es regalar bombones. Sin embargo, la relación entre el chocolate y el amor es, en buena medida, una narración reciente, cuidadosamente construida y no del todo fiel a su pasado.

El cacao nació muy lejos de las cajas satinadas. En Mesoamérica, mayas y mexicas lo consumían como bebida ritual mucho antes de que Europa lo conociera. Era espeso, amargo, espumoso; se mezclaba con agua, maíz, chile o vainilla. No era un dulce, sino una bebida vigorosa asociada al poder, al intercambio y a lo sagrado. Los granos de cacao incluso funcionaron como moneda. Beber chocolate no era un gesto romántico, sino un acto social y ceremonial. En códices y crónicas coloniales aparece ligado a bodas y alianzas, sí, pero como símbolo de estatus y reciprocidad, no como un obsequio íntimo envuelto en papel brillante.

Cuando el cacao llegó a Europa en el siglo XVI, fue recibido con curiosidad y recelo. Su amargor no encajaba en el gusto europeo, por lo que pronto se transformó con azúcar, canela y otras especias. Se volvió una bebida caliente apreciada en las cortes española y francesa, consumida en salones elegantes y monasterios. En el mundo virreinal, el chocolate fue tan popular que generó debates morales: ¿rompía el ayuno eclesiástico? ¿Era una bebida o un alimento? Estas discusiones revelan su importancia cultural, pero todavía no lo colocan en el centro del imaginario amoroso.

La asociación entre chocolate y deseo empezó a insinuarse en la Europa barroca, donde ciertos alimentos eran considerados estimulantes. Como antes lo fueron la miel, las almendras o el vino especiado, el chocolate comenzó a circular como bebida “reconstituyente”, capaz de dar energía y vigor. Sin embargo, su vínculo con el amor romántico era tangencial. El verdadero giro ocurrió siglos después, cuando la revolución industrial cambió su forma y su destino.

En el siglo XIX, gracias a innovaciones técnicas en Inglaterra y Suiza, el chocolate pudo solidificarse, moldearse y producirse en masa. Surgieron tabletas, rellenos y, crucialmente, cajas decoradas. En 1861, el fabricante británico Richard Cadbury lanzó una de las primeras cajas de chocolate diseñadas específicamente para el Día de San Valentín. El envase, adornado con cupidos y rosas, convirtió al chocolate en un mensaje portátil. La dulzura dejó de servirse en taza y comenzó a entregarse en mano, con intención explícita.

El siglo XX consolidó esta narrativa. La publicidad, el cine y la cultura popular reforzaron la idea de que el chocolate era prueba de afecto. Se le atribuyeron propiedades casi científicas: que libera endorfinas, que contiene feniletilamina —la llamada “molécula del enamoramiento”—, que mejora el estado de ánimo. Aunque hay bases bioquímicas en estas afirmaciones, su impacto real es más simbólico que milagroso. El chocolate no provoca amor; acompaña el gesto de ofrecerlo.

Paradójicamente, mientras el mercado global lo consagraba como emblema romántico, se desdibujaba su historia originaria. Pocas veces se recuerda que el cacao es fruto de tierras tropicales, de saberes indígenas, de sistemas agrícolas complejos. Tampoco se menciona que durante siglos fue bebida comunitaria antes que dulce individual. La caja en forma de corazón simplificó una trayectoria cultural rica y diversa.

Decir que la relación entre chocolate y amor está mal contada no significa negarla, sino complejizarla. El chocolate no nació como símbolo romántico; fue convertido en uno. Su dulzura actual es resultado de transformaciones económicas, tecnológicas y culturales. Tal vez el verdadero vínculo entre chocolate y amor no radique en sus componentes químicos ni en sus empaques seductores, sino en el acto humano de compartir. Como tantas otras comidas a lo largo de la historia, el chocolate se volvió lenguaje afectivo porque aprendimos a usarlo así.

Quizá este febrero valga la pena recordar que, antes de ser promesa envuelta en celofán, el chocolate fue bebida ritual, moneda y símbolo de intercambio. Y que el amor, como el cacao, siempre ha tenido más matices de los que caben en una caja.

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