Durante décadas, Europa pudo permitirse pensar que la geopolítica era algo externo y del pasado; una suerte de telón de fondo estable sobre el que se desplegaba un proyecto basado en normas, cooperación económica y prosperidad compartida. Todavía en los años noventa del siglo pasado, e incluso a comienzos de este, hitos como la creación del Tribunal Penal Internacional o la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio alimentaban la sensación de que, pese a los retrocesos, avanzábamos –con esfuerzo pero con convicción– hacia un orden más abierto y cooperativo. Europa podía presentarse al mundo como una expresión de lo mejor de ese éxito: un continente que había dejado atrás los peores fantasmas de su historia para construir un espacio compartido de estabilidad. Hoy sabemos que esa percepción era, en el mejor de los casos, incompleta. El punto de inflexión fue la invasión rusa de Ucrania, precedida por la anexión unilateral de Crimea en 2014. De manera súbita, los europeos hemos despertado de la ensoñación según la cual la geopolítica era cosa del pasado. A ello se suma un mundo en el que gigantes ambiciosos y sin escrúpulos ya no sienten la necesidad de actuar conforme a los parámetros fijados desde 1945. Rusia es la manifestación más evidente, pero China aspira a erigir una legitimidad internacional alternativa, e incluso India, la mayor democracia del mundo, adopta posiciones crecientemente adversativas respecto al sistema vigente. La respuesta tradicional de Europa ha sido recurrir al «amigo americano». Pero hoy nos encontramos con unos Estados Unidos sumidos en una crisis existencial profunda, encarnada en la persona y la presidencia de Trump y en un estilo de gobierno que genera incertidumbre. Por si esto fuera poco, la pandemia provocada por la Covid reveló con crudeza debilidades estructurales de la industria europea y del propio proceso de toma de decisiones. El desarrollo de las vacunas y la creación de un Fondo de Recuperación basado en la mutualización de la deuda fueron, sin duda, éxitos históricos en los que Europa mostró lo mejor de sí misma. Pero la crisis también hizo evidente hasta qué punto habíamos deslocalizado irreflexivamente la producción de bienes esenciales —sanitarios y no sanitarios— a centros productivos lejanos, debilitando nuestra capacidad de reacción ante emergencias económicas, políticas y sociales. Esa dependencia nos expone hoy a la fragilidad de unas cadenas de suministro cada vez más tensas. Paralelamente, asistimos a los primeros compases de una nueva revolución industrial centrada en la inteligencia artificial. La pregunta pertinente es si Europa será capaz de participar en ella como protagonista y no como espectadora. Este reto tecnológico se vincula directamente a la autonomía y la soberanía digital, y se proyecta sobre sectores estratégicos como la industria, la seguridad y la organización social e institucional. Europa ha descubierto también que está más sola de lo que creía en términos de capacidades defensivas. Si quiere preservar su modo de vida, sus valores y su libertad de acción, deberá hacerlo de manera mucho más autónoma, aunque cooperando estrechamente con sus aliados. Ello exige repensar prioridades de inversión, estrategias industriales y la propia cooperación en el seno –y más allá– de la OTAN. La era de la inocencia en el proyecto europeo ha terminado. Europa afronta un desafío estructural en su frontera este –Rusia–, pero también otro en el sur, un Mediterráneo convertido en escenario geopolítico incierto que exige una nueva asertividad en un tiempo en el que el poder vuelve a ser la clave de bóveda de la política mundial. Ante este panorama, el concepto de autonomía estratégica ha dejado de ser un término limitado al ámbito de la defensa para convertirse en un principio transversal que alcanza a la sanidad, la innovación tecnológica, la soberanía industrial y la propia gobernanza europea. Si Europa quiere ser autónoma, deberá reforzar su defensa, reconstruir capacidades productivas, liderar la innovación y reflexionar críticamente sobre cómo desea evolucionar para seguir siendo un actor libre, influyente y capaz de proyectar sus valores. Sería un error concluir que Europa está condenada a la irrelevancia. En los últimos años ha demostrado una notable capacidad de resistencia y adaptación. Lo hizo durante la pandemia, con una respuesta conjunta inédita. Lo hizo tras la agresión rusa, manteniendo la unidad política, aprobando sanciones históricas y ofreciendo un apoyo financiero, militar y humanitario sin precedentes a un país atacado. Lo hizo adoptando un marco regulatorio para la migración y el asilo. Y empieza a hacerlo ahora, destinando por primera vez fondos comunes a proyectos de defensa y reforzando su política industrial, energética y digital. Europa ya no es solo un mercado. No todo está hecho, pero la dirección es la correcta. Conviene subrayarlo con claridad: autonomía estratégica no es autarquía. No se trata de levantar muros ni de aislarse del mundo, sino de construir complementariedades sólidas y poder hablar de tú a tú con socios y aliados desde fortalezas políticas, industriales y tecnológicas cada vez más robustas. Solo desde esa base es posible una cooperación equilibrada y sostenible. El verdadero reto consiste en pasar de una Europa que regula a una Europa que actúa. Durante demasiado tiempo hemos sido excelentes diseñando normas, pero reticentes a ejercer poder. Hoy necesitamos aprender a alinear ayuda, comercio, inversión, diplomacia y defensa en una estrategia coherente. También debemos hacer autocrítica: con frecuencia creamos estructuras esperando que la voluntad política aparezca después, cuando la experiencia demuestra exactamente lo contrario. Así las cosas, los años venideros son cruciales. Es necesario imaginar cómo queremos que sea la Europa del mañana: un actor internacional vigoroso, fundado en certezas renovadas sobre el valor de los principios que están en la génesis de nuestro proyecto compartido. Eso nos llevará a formular grandes preguntas y a tomar grandes decisiones en relación con la gobernanza comunitaria; a repensar de manera radical nuestra capacidad de innovación; y a rearmar los fundamentos que han hecho de la UE un proyecto de éxito, para que siga siéndolo para las generaciones más jóvenes. Hemos navegado en el pasado encrucijadas de este calado y lo hemos hecho con éxito; y en la historia del continente hay también lecciones dolorosas que hoy nos permiten identificar caminos que en ningún caso queremos, podemos o debemos seguir. Europa ha atravesado en efecto épocas mucho más oscuras que esta, y siempre ha encontrado, en sus valores, su creatividad y su firmeza , la energía para avanzar. La autonomía estratégica es la convicción de que un continente que ha sabido levantarse tantas veces puede seguir haciéndolo: que puede encarar las adversidades sin ingenuidad, pero también sin miedo. En definitiva, nunca antes en nuestra historia ha habido tanta sabiduría y tantas capacidades acumuladas. Es sobre ellas sobre las que hay que construir, renovar y reafirmar convicciones, y diseñar esos procesos que permitan que –en la segunda mitad del siglo XXI– Europa no sólo proyecte prudencia, sino que sea un faro de esperanza.