Juan Carlos I habla en catalán
Fuera del Palacio Real Mayor, en Barcelona, un grupo de hombres y mujeres daban vivas a Franco, al Ejército y a las Fuerzas del Orden Público, mientras otros vitoreaban al Rey y a la libertad. Dentro, en el salón del Tinell, un joven Juan Carlos I pronunciaba un discurso conciliador. Era 16 de febrero de 1976. Fue el primer viaje oficial de los Reyes de España a Cataluña. Lo hicieron en un momento muy difícil. La tensión política era palpable porque la violencia terrorista no cesaba, el Gobierno carecía de iniciativa y existían muchas esperanzas puestas en un proceso de amplias posibilidades. De hecho, poco antes de la visita, el nacionalismo catalán se había manifestado por las calles de Barcelona reclamando un Estatuto de Autonomía, y los exiliados nacionalistas, como Josep Tarradellas, presionaban para volver. Este proceso alarmaba a los nostálgicos del franquismo y a una parte del Ejército. Por ello, la visita de Juan Carlos I a la Ciudad Condal fue tan decisiva como calmante.
Aterrizaron en el aeropuerto de El Prat procedentes de Madrid. Arias Navarro, Manuel Fraga y Alfonso Osorio acompañaron a Sus Majestades. Nada más tomar tierra, el Rey pronunció la frase conciliadora que iba a marcar la visita: «Què tal parlo el català?». Las dos autoridades que le esperaban, Salvador Sánchez Terán y Juan Antonio Samaranch, sonrieron y asintieron. Aquello iba a funcionar. Por supuesto, el Jefe del Estado había preparado al milímetro la visita, siendo consciente de que dirigirse a los catalanes en catalán era un gesto de buena voluntad, de complicidad incluso, que daría muestras de aperturismo. Incluso el hablar el catalán era una forma de diferenciarse de Franco, y quitarse de encima la sombra del dictador.
Desde el aeropuerto, los reyes iniciaron su entrada en la ciudad. La crónica de la prensa del momento dejó clara la conexión entre el visitante y los visitados. A su paso se oyeron muchas «aclamaciones entusiastas» y se vieron banderas nacionales. Juan Carlos y Sofía contestaron a estos gestos de aprecio y respeto rompiendo el protocolo para estrechar la mano de los ciudadanos que se agolpaban para verlos. Algún periódico describió esta acogida como un «histórico referéndum» al «aire libre» sobre la legitimidad popular de la monarquía en Cataluña.
Al llegar al Palacio Real Mayor, poco antes de las 20 horas del 16 de febrero, un grupo de jóvenes irrumpió de repente y lanzó al aire unas octavillas. No llevaban un texto a favor de ETA o por la independencia catalana, sino que decían: «Joan Carles I, Rei d’Espanya». El salón del Tinell estaba presidido por un trono, reservado, claro está, para Juan Carlos I vestido para la ocasión con el uniforme de Capitán General de las Fuerzas Armadas. El acto comenzó con el discurso del alcalde de Barcelona, el falangista Joaquín Viola, que leyó unas cuartillas en catalán y castellano para reafirmar la unidad de España. Luego, Juan Antonio Samaranch, presidente de la Diputación, aprovechó su discurso para un acto político que no sorprendió al Rey ni al Gobierno. Solicitó formalmente la creación de un «régimen especial» para Cataluña.
Un acto emotivo
Juan Carlos I tomó la palabra para presentarse como sucesor de los condes de Barcelona, y heredero de los reyes de la Corona catalano-aragonesa. Reafirmó la importancia de Cataluña en el «conjunto de las tierras de España», y de los catalanes entre los «pueblos hispánicos». A partir de ahí, el Rey trasladó el mensaje político: venía a solicitar que se sumaran a la obra común de libertad y democracia orientada al bien común.
Fue entonces cuando Juan Carlos tuvo el gesto político decisivo: pronunció en catalán el penúltimo párrafo de su discurso. Esas palabras solo podían ser de elogio. «Cataluña puede aportar a esta gran labor común una contribución esencial y que no tiene precio. El apego de los catalanes a la libertad es legendaria, y a menudo ha sido incluso heroico. El catalán es amigo de las cosas concretas y, por eso, es realista, ordenado y trabajador. En esa tierra florece el espíritu de solidaridad; la cooperación, la apertura y la comprensión hacia los demás. Por eso, ojalá que su ejemplo y su voluntad decidida hagan que esas virtudes catalanas influyan en muchos otros españoles».
Las frases en catalán emocionaron a algunos de los presentes, que se sintieron identificados con el Rey y su proyecto político. La prensa reformista y democrática lo interpretó como el inicio de un tiempo nuevo que incluía un Estatuto de Autonomía. No obstante, otros, como «El Alcázar», advirtió sobre el peligro de «desespañolización».