Confieso que siempre he hablado con mis gatos; es más, les he contado lo que a nadie contaría y he llorado lo que jamás lloraría delante de nadie. Con su silencio sé que nunca habrá traición ni me cuestionan. Confieso también que la mayor parte de los días prefiero su compañía a la de la mayoría de seres humanos. Incluso que me veo reflejada en las poses de no-me-importa-nada, en su despreocupación y su independencia calculada; en esa mirada felina que escudriña el mundo o en los puntazos de madrugada para rebajar la adrenalina. Maldito estrés. Los adoro. Pero eso no quita perder el norte; perder de vista la línea entre lo real y lo imaginario, la distancia entre lo...
Ver Más