Por qué defender la democracia importa hoy
eLas palabras de Allende no pertenecen únicamente a la historia chilena; pertenecen a la conciencia democrática de América Latina. Pronunciadas el 11 de septiembre de 1973, mientras el orden constitucional era demolido por el golpe encabezado por Augusto Pinochet, aquellas líneas condensaron una idea que trasciende coyunturas: la democracia puede ser derrotada circunstancialmente, pero su legitimidad moral reaparece allí donde la ciudadanía decide no renunciar a su condición de sujeto político.
Bolivia conoce esa tensión entre quiebre y restauración. El periodo comprendido entre 1964 y 1982 constituyó una larga fractura institucional. El golpe de 1964 inauguró una etapa donde el poder dejó de estar subordinado al derecho. Con el ascenso de Hugo Banzer Suárez, la excepcionalidad se transformó en régimen: clausura del Congreso, restricciones a la libertad de prensa, persecución de opositores y una lógica de seguridad nacional que subordinó los derechos fundamentales a la razón de Estado. Más tarde, el gobierno de Luis García Meza evidenció la degradación extrema del orden jurídico, vinculando la estructura estatal con prácticas represivas y criminales.
La democracia boliviana no emergió intacta de ese proceso; emergió herida. Y, sin embargo, emergió. En 1982, el retorno al orden constitucional no fue simplemente un cambio de autoridades: fue la recuperación del principio básico del constitucionalismo moderno, esto es, la sujeción del poder a la ley. En términos de Luigi Ferrajoli (2001), el Estado constitucional se define por el garantismo: el poder político encuentra límites normativos que protegen derechos fundamentales como barreras infranqueables. Allí donde esos límites se suspenden, el sistema deja de ser democrático en sentido sustantivo.
El fundamento teórico: garantismo y reglas claras
Norberto Bobbio (1986) advertía que la democracia no puede reducirse a un ideal abstracto; debe materializarse en reglas claras de competencia, alternancia y control del poder. Bolivia, tras la experiencia autoritaria, desarrolló una sensibilidad particular frente a la ruptura institucional. Ese es el «amor desenfrenado» por la democracia al que muchos aluden: no es romanticismo político, sino memoria histórica.
En palabras del escritor boliviano Ricardo García Camacho, Bolivia lleva debajo de sus letras la sangre de tantos mártires, plasmada en la palabra democracia. La imagen es poderosa porque articula literatura e historia. No se trata solo de muertos en estadísticas; se trata de biografías truncadas por la supresión de libertades. Cada universidad intervenida, cada sindicato silenciado, cada exilio forzado constituye un recordatorio de que la democracia no es un lujo institucional, sino condición de dignidad humana.
La Constitución Política del Estado de 2009 reafirma que la soberanía reside en el pueblo boliviano y que su ejercicio se expresa tanto de manera directa como representativa. Esa afirmación no es retórica; es un compromiso estructural. La democracia boliviana contemporánea incorpora además mecanismos de participación y control social que buscan ampliar el horizonte clásico del liberalismo representativo. Sin embargo, toda arquitectura normativa depende de una cultura política que la sostenga.
La erosión silenciosa: cuando los tanques no están en las calles
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018) han demostrado que las democracias modernas pueden erosionarse sin necesidad de tanques en las calles. La captura progresiva de instituciones, la deslegitimación sistemática del adversario y la instrumentalización de la justicia pueden vaciar el sistema desde dentro. La historia boliviana obliga a estar alerta frente a cualquier forma de concentración excesiva de poder, independientemente de su signo ideológico.
La memoria, entonces, no es un ejercicio conmemorativo; es un mecanismo de prevención. Recordar el periodo 1964–1982 implica comprender que la suspensión de garantías nunca es neutra. Implica reconocer que la excepcionalidad, cuando se normaliza, termina institucionalizando la arbitrariedad. La condena judicial a García Meza marcó un precedente histórico: el poder no es impune. Esa decisión judicial reafirmó que la democracia no solo consiste en elegir gobernantes, sino en responsabilizarlos.
«Viva la democracia, carajo» no es un exabrupto emocional; es una declaración de principios. Es afirmar que el único poder legítimo es el que surge del voto libre y se ejerce dentro de límites constitucionales. Tambiéns rechazar la tentación de justificar atajos autoritarios en nombre de la eficiencia o la estabilidad. Es sostener que la pluralidad, incluso conflictiva, es preferible a la unanimidad impuesta.
Las alamedas abiertas: espacio público y dignidad
Allende habló de grandes alamedas. En Bolivia, esas alamedas simbolizan la reapertura constante del espacio público: la universidad crítica, la prensa independiente, el debate parlamentario, la justicia autónoma. Simbolizan la posibilidad de disentir sin miedo. La democracia, con todas sus imperfecciones, permite el error y la corrección; el autoritarismo, en cambio, clausura el aprendizaje colectivo.
A casi cincuenta años del quiebre institucional chileno y más de cuatro décadas del retorno democrático boliviano, la lección es inequívoca: la democracia no es un estado natural, es una construcción frágil que exige vigilancia permanente. Se fortalece cuando la ciudadanía participa, cuando la oposición es respetada y cuando el oficialismo reconoce límites.
Bolivia no debe olvidar su pasado frenético de dictaduras y rupturas. No debe banalizar el dolor que acompañó la suspensión de libertades. La sangre evocada por García Camacho no es símbolo vacío: es advertencia histórica. Cada generación tiene la responsabilidad de reabrir las alamedas, no con violencia, sino con institucionalidad.
Conclusión: vigilancia permanente y convicción cívica
La democracia no garantiza perfección, pero garantiza dignidad. No asegura unanimidad, pero permite convivencia. No elimina el conflicto, pero lo canaliza dentro del derecho. Por eso, con memoria histórica, fundamento teórico y convicción cívica, Bolivia puede y debe sostener su compromiso con el orden constitucional.
Porque cuando la democracia se debilita, el ciudadano se reduce; y cuando se fortalece, la sociedad respira.
Y por esa razón —no por consigna, sino por conciencia— cabe decirlo con firmeza histórica: viva la democracia, carajo.
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