"Soy la primera mujer española en estar al mando en una misión de este tipo"
La palabra «simulación» lleva consigo un elemento sutil y engañoso de falsedad, de fingimiento. Pero, en un entorno científico, una simulación se convierte en una herramienta: es imprescindible para recrear situaciones a las que no se tiene acceso. Ya sea un espacio temporal, como el instante del Big Bang; uno geográfico, como las profundidades marinas; o incluso otro planeta. Así nacen las denominadas misiones de simulación espacial, también conocidas como misiones análogas.
Una misión análoga es, en esencia, un ensayo general de la exploración espacial. No se viaja a Marte ni se orbita la Tierra, pero se recrean con rigor las condiciones de aislamiento, confinamiento, limitación de recursos y protocolos operativos que caracterizan a una misión real. Las tripulaciones viven durante semanas en hábitats cerrados, realizan actividades extravehiculares con trajes presurizados simulados, siguen estrictos procedimientos de seguridad y reportan a un centro de control. Se estudian variables técnicas (desde cultivos en condiciones extremas hasta pruebas de materiales), pero también, y sobre todo, se analiza el factor humano: cómo reaccionan las personas ante el estrés, la convivencia forzada y la toma de decisiones bajo presión.
Para ello, los expertos cuentan con numerosos análogos de Marte. En Estados Unidos, en Hawái, se encuentra la HI-SEAS, situada en las laderas del Mauna Loa. Allí se han realizado misiones de larga duración (algunas de hasta un año) centradas especialmente en nutrición espacial, dinámica de grupo y salud conductual.
En Canadá, la NASA ha utilizado el proyecto HERA, mientras que la Agencia Espacial Europea desarrolla campañas en la estación Concordia Station, en la Antártida. Existen bases en Polonia (la LunAres Research Station), en Israel (la D-MARS Analog Station) y en Rusia, el histórico experimento Mars-500, que simuló un viaje de ida y vuelta a Marte durante 520 días en confinamiento total en Moscú, convirtiéndose en uno de los estudios más extremos sobre aislamiento humano.
A todas ellas hay que sumarles las misiones Venus de Biogénero (2022) y Red Moon (2023), ambas en Astroland, España. Y la decana de todas: la Mars Desert Research Station (MDRS), en Utah, Estados Unidos, en funcionamiento desde hace 25 años.
En las dos bases españolas Mariló Torres ha sido comandante de la misión. Al igual que en la última realizada en la MDRS. A estas alturas es lógico preguntarse quién es Mariló Torres. Piloto especializada en acrobacias aéreas y formada en el ámbito de las misiones análogas, tanto como para que en 2025 fuera nombrada candidata española a astronauta comercial por Titans Space Industries, una empresa especializada en el turismo espacial. Piloto, especializada en ciencia y tecnología, comandante en más de cuatro misiones análogas y reconocida en el ambiente. Esa es Mariló Torres. Pero todavía hay más. «Soy la primera mujer española en estar al mando de una tripulación de estas características en la Mars Desert Research Station, la instalación más veterana en simulación –explica Torres en conversación telefónica–. Ninguna otra persona española ha alcanzado a comandar cuatro simulaciones espaciales».
Hay un momento, en mitad del desierto de Utah, en el que el silencio deja de ser paisaje y se convierte en responsabilidad. La primera noche de su última misión en la Mars Desert Research Station, Mariló Torres apenas durmió. No era la novedad (era su sexta misión y la cuarta como comandante), sino el cuerpo recordándole que, incluso en una simulación, el entorno impone sus propias reglas. «El aire seco del desierto me provocaba hemorragias nasales y, además, solidificaba los coágulos en forma de costras. A eso se sumó una sensación de asfixia constante que me obligó a dormir incorporada –explica Torres–. Por lo demás, mi rutina fue la de cada jornada, repasar el horario de actividades programadas para el día siguiente y reportar los informes requeridos por el control de misión. Durante las horas iniciales, el objetivo es evaluar el medio y planear la estrategia de adaptación más útil y rápida».
Durante dos semanas, el aislamiento de estas misiones es real. Y las decisiones también. Aunque se trate de una simulación, la inmersión debe ser total.
«La clave del astronauta análogo profesional radica en la perfecta inmersión en el desempeño. Algo que siempre me maravilla de este tipo de experiencias es la oportunidad de crecimiento personal que ofrecen, y no me refiero a esa expresión tan manida de los ‘coaches’, sino a la epifanía primitiva, básica y esencial que supone poner a prueba tus propios límites e incrementar tu autoconocimiento. Para que el trabajo se considere un éxito, la inmersión debe ser perfecta. Y para ello, es fundamental realizar un esfuerzo previo de concienciación y mentalización individual y profunda, que le permitan abstraerse de su vida, entorno y realidad durante la misión. Y que logre mimetizarse con el contexto. Eso facilita la superación de las dificultades e incomodidades y, qué duda cabe, una toma de decisiones certera y adecuada. El principal cambio que percibo es un aumento de la autoconfianza y la seguridad de mí misma».
En su última misión, la tripulación tenía además un fuerte componente de divulgación en tiempo real, lo que añadía una capa extra de complejidad. A Torres le costó más que en otras ocasiones «someterse» al simulacro, distraída por la obligación de comunicar mientras lideraba. Esto la forzó a buscar (y alcanzar) un equilibrio en los rituales operativos: las actividades extravehiculares para recoger muestras, los briefings diarios, los simulacros…
«En esta simulación he llevado una tripulación a Marte y ahora, con los científicos en el lugar, mi papel pasa a ser protegerlos mientras desarrollan su tarea», confirma Mariló Torres. A esto, añade: «Aprendí, gracias a la multiculturalidad del grupo, a crear un equipo de trabajo muy preparado y seguro. Mi papel es protegerlos mientras desarrollan su tarea y dirigirlos ante una máxima: la seguridad».
Más allá de los experimentos visibles (semillas expuestas a radiación y microgravedad simulada, productos ensayados sobre la piel, estudios de conducta), Torres reconoce que cada misión es también un experimento íntimo. El factor humano es crítico y se analiza con la misma seriedad que cualquier parámetro técnico. «Tomé conciencia de la soledad del líder –confiesa Torres–. El proceso de tomar decisiones implica un compromiso final intransferible que, en momentos, puede generar presión y desconfianza. Comprobé íntimamente que el liderazgo incluye una sombra silente. En el marco de las misiones análogas el tiempo transcurre de un modo distinto y no da tiempo a reflexionar sobre la responsabilidad, sino solo a actuar».
Las misiones análogas no son un espectáculo ni una recreación romántica de la conquista espacial. Son laboratorios humanos donde se ensayan los cimientos psicológicos y operativos de futuras expediciones a la Luna o Marte. Antes de que despeguen las naves, alguien tiene que comprobar cómo se comporta una tripulación cuando el aire es seco, el espacio es reducido y el reloj marca un tiempo distinto. En ese ensayo continuo, figuras como Mariló Torres no solo representan un hito simbólico para España, sino una pieza más en el engranaje que prepara a la humanidad para habitar otros mundos.