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ABC Cultural en la feria: el hilo (in)visible que conecta a Sonia Navarro y a Aurèlia Muñoz

Abc.es 
Los que ya han pasado por Nave Oporto, en Carabanchel, saben que es uno de los espacios colaborativos más mágicos de la capital. 'Repartiendo ilusión desde 2013' es el lema de sus integrantes, algunos ya con una trayectoria cuando eso se puso en marcha, como Miki Leal, otros que tocan ahora el éxito con los dedos, como Irma Álvarez Laviada, que acaba de entrar en el Museo Thyssen por la puerta grande. Entre ellos, una 'jovial' Sonia Navarro (1975), mujer de apariencia menuda, pero de férreas convicciones, que reparte a partes iguales sonrisas o autoridad con la voz según lo requiera la ocasión. De hecho, ambas actitudes no son incompatibles. A Sonia la hemos visto crecer profesionalmente hablando en esta publicación y por ello a ella la elegimos este 2026 para ocupar nuestro estand en ARCO, año en el que nosotros mismos cumplimos tres décadas y media y en el que nos apetecía recuperar a un artista que ya hubiera colaborado con nosotros en la feria siendo 'emergente' para comprobar ahora cómo ha madurado su discurso. «Recibí la invitación de la manera más inesperada, y en el sitio menos esperado, este verano –nos cuenta desde su puesto en Nave Oporto, mientras acompañamos la conversación con un té hirviendo en una mañana helada de Madrid–. Y lo recibo con la ilusión de que sea además con Aurèlia Muñoz , lo que es un regalo de la vida. Ya lo es el estand de ABC Cultural, pero, con ella, es el plus de la excelencia» Sonia se nos adelanta y les termina de desvelar el secreto: 'Algas', una pieza textil inédita y de grandes dimensiones de la catalana ocupará allí un lugar destacado. En torno a ella, la murciana desarrollará su propuesta. Aurèlia es la madre por antonomasia del arte textil español. De ella bebe Navarro, que nació además en la década en la que está datada la pieza de Muñoz. Toda una madeja de conexiones. De ahí el título de la cita: 'Hilando tramas'. «El reto es abrumador –repara Sonia–. No pensé yo verme nunca en esta tesitura. Pero es mayor la emoción y el agradecimiento. Y planteo lo mío con muchísimo respeto. ¡Muchísimo más del que te imaginas! Me da mucha pena que ella no esté viva y que no podamos dialogar y me cuente cómo fueron sus inicios, cómo consiguió ser valorada y cómo fue luego olvidada. Hoy sería distinto». A Sonia y a Aurèlia les une su amor por el textil. Y la murciana confiesa cómo adora «esas piezas grandes suyas, maravillosas, que cuelga desde el aire, en las que el material cae y ella juega con el material». «Son de una complejidad técnica admirable. Pero los artistas de esa generación eran de otra pasta». Así es 'Algas', datada en 1971, de 2 x 1,5 metros, de cuerdas de sisal teñidas por la propia artista y elaborada con la técnica del macramé. Una pieza única, de los años en los que su autora arrasaba en las grandes citas internacionales (Bienal de Lausana, Bienal de Sao Paulo...) y era reconocida como una de las responsables de la categorización del textil como técnica artística. Y lo que aumenta su carácter genuino es su título, que la relaciona con esas piezas que tanta fama le aportaron y que ella vinculó con la Naturaleza. Muñoz tintaba sus propios materiales, en este caso, las cuerdas, como en el futuro hizo con sus papeles. Estas obras, hoy, están totalmente fuera de mercado, con lista de espera por parte de coleccionistas y museos. Por eso es aún más loable el trabajo de identificación por parte de la galería José de la Mano, una de las firmas cómplices este año de nuestro estand junto a T-20, la galería que representa a Sonia. Pero, ¿qué es lo que nuestra interlocutora nos propone? Así lo explica: «Voy a presentar unas piezas nuevas hechas en unos telares de una pedanía de Lorca, en la sierra entre esta localidad y Puerto Lumbreras, que es mi pueblo. Unos telares de jarapas, las cuales solo se hacen en esa zona de Murcia colindante con Andalucía, las Alpujarras, Níjar y el Cabo de Gata. La materia prima de esos trabajos eran harapos. Por eso tienen un componente ecologista. Antes de que manejáramos este concepto, la ropa que ya no se podía usar porque se deshacía se volvía a meter en el telar para darle un nuevo uso. ¡Imagínate! Desde el morisco, el término 'harapo' llega a 'jarapa'». La tradición, cuenta Sonia, se conserva hasta ahora. Los telares que se emplean son los antiguos y los artesanos que quedan son ya muy mayores. El que le ayuda a ella se llama Pedro Artellano, «que trabaja conmigo mano a mano con un entusiasmo maravilloso y unos saberes populares que no se deben perder». Junto a las 'Jarapas', dos de sus monumentales 'Espartos', como ella los llama. Habló antes de ecología: «Necesitamos el esparto en los montes, porque en nuestra zona, sin él, nos transformaremos en desierto. Y con las lluvias torrenciales que ahora sufrimos en el Levante, el esparto frena el barrido de las tierras. Desde sus esporas, ayuda a mantener la humedad en el interior de la tierra. Yo acabo de disfrutar de una residencia en Atacama y allí había una especie de planta similar que también sujetaba la tierra. Hay que pensar en el territorio, y los materiales tienen memoria». Memoria. Porque la labor de esta autora trata de visibilizar trabajos manuales, muchas veces asociados a la mujer, e incluso tradiciones que se evaporan. «Lo que me interesa de la artesanía es que tiene una parte deliciosa basada en el fallo. En una era en la que todo tiende a una perfección, a veces impostada, esa cosa del salto, es algo que a mí me seduce mucho. Pero me interesa la excelencia. Porque no es lo mismo lo realizado manualmente que lo industrial. Y, para mí, lo manual es lo excelso». Para muchas artesanías, el relevo generacional es complicado. En el caso del textil, esto se debe, tal y como recuerda Sonia, a la dureza de las fibras vegetales y toda la faena que acarrean: hay que recolectarlas del campo, transportarlas, cocerlas, picarlas, teñirlas, trenzarlas, coserlas... Un proceso largo y duro. «No te puedes imaginar cómo tienen las manos esos trabajadores. Pero es necesario. Con el resto de las algodoneras catalanas es con lo que se están haciendo ahora mismo mis 'Jarapas'». Catalanas, como lo fue Aurèlia. Restos de hilos. Remates. Incluso las piezas de PVC que observamos en el estudio de Navarro lo son de proyectos anteriores. «El problema es que yo no puedo elegir nunca los colores. Solo de los fieltros. Por eso abunda el gris o el granate en lo mío, porque son preferentes en las tapicerías. De pronto aparece un rosa y me vuelvo loca. Trabajo con lo que encuentro. Y por eso no le puedo pedir al artesano que me haga dos jarapas grises idénticas». No es la primera vez que Navarro nos acompaña en ARCO en un estand. De hecho, si la elegimos de nuevo ahora es para analizar también su evolución como creadora. Junto a FOD, su pareja y también artista, fueron una de las duplas de 'Mano sobre mano', la propuesta de 2018 en la que solicitábamos a creadores con un vínculo –profesional u emocional– que no habían colaborado nunca juntos que hicieran una obra in situ en nuestro espacio: «Recuerdo ese estand con mucho cariño porque fue divertidísimo. Se suponía que teníamos que hacer algo a la par, pero era imposible: poníamos tres papeles, pintábamos y llegaba alguien. Lo novedoso es que mostrábamos por primera vez la cocina del quehacer. Yo creo que aquello no se terminó. Nos preguntaban mucho y para nosotros era muy importante estar dialogando sobre el proceso creativo, cuyos resultados ya se veían en la galería de cada uno». Y si seguimos tirando del hilo, si desenrollamos la madeja, su relación con ABC Cultural llega incluso hasta su primer ARCO, cuando ya entonces le echamos el ojo. «¡Yo era una niña!», ríe a carcajadas. Tenía 25 años, «y pensaba que iba a ser el único de mi vida y que ya no iba a haber más», rememora. Sonia estaba todavía en la facultad. Pero se vino al montaje, perdiendo las clases. Presentaba una pieza textil que había hecho con su madre, con sus dos abuelas, «¡con las vecinas, porque no la acabábamos a tiempo!». Ella no tenía experiencia, y sus 'ayudantas' no habían vestido nunca un maniquí de hierro: «Era el empeño de una cría. Pero imagínate ver la foto de tu obra a página en ABC Cultural». La pieza la compró finalmente la Comunidad de Murcia. «Fue mi primera obra en prensa, la primera que llegó a una colección. Significó mucho y fue de gran ayuda salir en vuestras páginas. Lo agradeceré toda la vida. Cuando no te conoce nadie, que se apueste por una se valora mucho más. Yo me he sentido siempre muy querida por vosotros». —Ahora que hay confianza: ¿quién eligió a quién, Sonia, usted al textil o el textil a usted? —Yo empecé a trabajar con el textil porque me había familiarizado con él. En casa siempre había trozos de tela por medio. Por eso, ese primer vestido eran trozos que fui cortando y cosiendo de forma aleatoria. Luego empecé a estudiar e investigar a otros que habían trabajado en la disciplina, como Aurèlia o tantas otras, Teresa Lanceta, por supuesto; e incluso Elena del Rivero. Internacionales como Rosemarie Trockel o Annie Albers, cuya historia es relevante: Ella no tuvo la oportunidad de estudiar pintura en La Bauhaus por ser mujer y se la derivó a 'cosas de mujeres'. Hablamos de La Bauhaus como la Modernidad, que claro que lo fue, pero hemos de tener en cuenta que esta no era para todos igual. Y luego, Sonia fue ampliando el campo: se interesó por todas las fases, no solo la de tejer. De ahí saltó a la artesanía, a sus problemáticas, a sus virtudes… «Para mí, es muy importante también que esas mujeres que trabajan en esos telares tengan una independencia económica y la posibilidad de elegir qué hacer con su vida. No hace tanto, esto no era así». —Habla mucho de su madre, de sus abuelas y de tantas mujeres anónimas con las que aprendió. —Es que ellas cosían por la condición de ser mujeres. Tantas y tantas. Pero, ¡cuántas han sacado a sus familias adelante en época de escasez! En la Guerra Civil y la Posguerra. Queda claro en el cine. Incluso se vio en la pandemia. Y recuerdo que en el colegio tenía que ir a bordado y no a pretecnología. Las dos cosas no se podía. Yo ya sabía bordar, o eso creía, pero me recomendaban perfeccionamiento. A mí me interesaba más la marquetería, que lo veía yo eso escultórico. ¡Fíjate: desde el colegio quería yo mezclar las dos cosas! Hay otro elemento en la biografía de Sonia Navarro que hacen que hoy sea la mujer y la artista que es: Su hermano pequeño. Por él le pregunto no sin antes pedir permiso. Responde de manera orteguiana: «Mira, cada uno es siempre uno y sus circunstancias. Y no es lo mismo ser de Puerto Lumbreras, que de Madrid o Nueva York. Es diferente. Ni mejor, ni peor. Yo, feliz de ser de Puerto Lumbreras, feliz de vivir en Madrid y feliz de poder viajar a Nueva York, pero no cambio el orden. Mi hermano tuvo un accidente de tráfico en la puerta de casa y quedó tetrapléjico. Era un niño con dos años y mis padres tuvieron que irse al hospital de Toledo. Yo terminé viviendo en esa ciudad por ello. Así que fui una niña con once años que pasaba mucho tiempo con las abuelas. Y las abuelas, ¿qué sabían hacer? Pues sabían coser. Ellas veían que yo me entretenía cosiendo. No me entretenía viendo la tele. Y mi abuela Moma, que era muy creativa e inteligente, a la que debo muchísimo, se dio cuenta de que si me entretenía con eso no estaba pensando en otras cosas». Ella, la abuela Moma, sin darse cuenta, le estaba dando las extraescolares definitivas en su vida. Luego su tía, su hija Teresa Navarro, se trasladó a Granada a hacer Bellas Artes, como su prima Verónica. Son varias artistas en la familia. Ellas fueron las primeras que vieron potencial creativo en Sonia.   —Ahora vivimos un auge de lo textil en el arte. ¿Eso le beneficia o lo relativiza? —Yo creo que beneficia. Ha supuesto mucho trabajo de investigación y todo suma. Además hay que vivir en la pluralidad y que cada uno haga lo que crea que tiene que hacer. Es lo que hice yo. Cuando empecé no había tanto textil en ferias; en bienales, algo más. También he tenido una galería que ha apostado por esto, que han visto que esto era lo que quería contar y que lo iba a contar de esta manera. T-20 ha estado ahí siempre, creyendo conmigo. Yo sigo siendo la misma. Un poquito más mayor, pero la misma. —¿Tienen el hilo y la aguja para usted una connotacion política? —Sí, claro. Sobre todo por esa parte de dotar a la mujer de independencia económica. Porque muchas mujeres de este país, aunque ganasen el dinero, no podían decidir por ellas mismas. Sin Aurèlia Muñoz haciendo lo que hizo, yo no estaría aquí haciendo lo que ahora hago. Mujeres como ella nos abrieron el camino a las que vinimos después. Y les estaremos eternamente agradecidas. Porque ellas lo hicieron de manera silenciosa. A mí ahora me apetece hacerlo de una manera... no silenciosa». Y dándoles voz. Haciendo patrones para romper patrones. «Siempre. Siempre saliendo de los patrones establecidos. Aunque luego me gusta lo cotidiano. En lo cotidiano encuentro la inspiración. Sobre todo busco salir de los patrones impuestos». Alcalá 31, el año pasado, fue su primera gran individual institucional. También la primera en Madrid, donde inauguró también la sede de T-20 en la capital. En breve llegarán otras citas en Granada en La Madraza, colectivas en Roma y Milán, en Lisboa, en Palma de Mallorca... Pero todo nace en Nave Oporto, de donde toca despedirse ya. Aquí Sonia ha aprendido a mirar como colectivo: «Sobre todo es enriquecedor. Ver a otros trabajar no está pagado. Para mí es una maravilla ver a Miki Leal pintar. A Miguel Fructuoso, que se concentra muchísimo... FOD es compulsivo. Irma Laviada, metódica, pero con otras dinámicas. Elvira Amor, mucho más fluida... —¿Y usted cómo es? —Yo pensaba que tranquila, pero tengo mis ratos. La artesanía y lo manual te obligan a tener templanza. Pero la vida luego no lo es. Tenemos una cita en el estand de ABC Cultural en ARCO. Cuidado con tropezar allí con los hilos que unen realidades tan maravillosas.

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