Olivar y consumo de agua: el cambio que amenaza al campo andaluz en plena sequía
El olivar y consumo de agua se han convertido en el eje de uno de los debates más sensibles del campo andaluz. En plena crisis climática y con restricciones recurrentes en las cuencas del sur peninsular, la expansión del olivar de alta densidad está modificando el equilibrio productivo y social de amplias comarcas.
Según los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación recogidos en la Encuesta sobre Superficies y Rendimientos de Cultivos, disponibles en el portal oficial del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, España dedicó en 2024 un total de 2.830.330 hectáreas al olivar. De esa superficie, más de 166.000 hectáreas superaban los 1.000 árboles por hectárea, un umbral que define los modelos intensivos y superintensivos.
Olivar y consumo de agua: dos modelos frente a frente
El olivar tradicional andaluz, mayoritariamente de secano, representa cerca del 70% de la superficie total en la comunidad. Se caracteriza por marcos amplios de plantación, árboles centenarios en muchos casos y una fuerte vinculación al empleo local.
Frente a él, el modelo intensivo y superintensivo apuesta por altas densidades de plantación, mecanización integral y recolección mediante máquinas cabalgadoras. Este sistema reduce costes laborales y estabiliza producciones, pero incrementa la dependencia del riego.
Diferencias en dotaciones hídricas
Las dotaciones de agua marcan una brecha estructural. Mientras el olivar tradicional de regadío suele recibir entre 1.000 y 1.500 metros cúbicos por hectárea y año, las explotaciones superintensivas pueden alcanzar hasta 3.500 metros cúbicos por hectárea anuales, según los planes hidrológicos vigentes en la cuenca del Guadalquivir.
Esta diferencia triplica en algunos casos el volumen asignado a sistemas tradicionales. En un escenario de sequía prolongada, la disponibilidad de agua se convierte en el principal factor de rentabilidad.
Superficie en riego y alta densidad
De las más de 166.000 hectáreas con densidades superiores a 1.000 árboles por hectárea en España, el 78,35% están en regadío. Esto implica que más de 130.000 hectáreas de olivar superintensivo dependen directamente de aportes hídricos constantes.
Andalucía concentra una parte significativa de esta expansión, con especial incidencia en provincias como Córdoba, Sevilla y Cádiz. También se observa crecimiento en Extremadura y el Bajo Aragón.
Impacto económico y ayudas agrarias
El debate sobre olivar y consumo de agua no se limita al uso de recursos naturales. También afecta al reparto de ayudas públicas. En la campaña 2023-2024, el 0,08% de los beneficiarios de la Política Agraria Común con ayudas superiores a 500.000 euros concentraron el 10% del presupuesto total.
En contraste, el 60% de los perceptores recibió menos de 5.000 euros anuales. Además, el 1% de los mayores beneficiarios absorbió cerca del 24% de las ayudas totales, según registros oficiales analizados en distintos informes sectoriales.
- 0,08% de beneficiarios: 10% del presupuesto.
- 1% de grandes perceptores: 24% de las ayudas.
- 60% de pequeños perceptores: menos de 5.000 euros al año.
El diseño original de la PAC buscaba sostener rentas agrarias y garantizar estabilidad en el medio rural. Sin embargo, la creciente presencia de grandes operadores y estructuras empresariales ha modificado el perfil de los perceptores.
Empleo rural y mecanización
La transformación del modelo productivo tiene consecuencias directas sobre el empleo. Entre 2017 y 2024, Andalucía perdió 178.957 empleos agrarios, lo que supone una caída del 19,5% de su fuerza laboral en el sector.
Provincias tradicionalmente olivareras como Córdoba, Málaga, Granada y Jaén han registrado descensos superiores al 25% en el número de trabajadores afiliados. En municipios donde el olivar intensivo ha crecido con mayor rapidez, las reducciones superan la media regional.
Menor necesidad de mano de obra
El modelo superintensivo está diseñado para minimizar la intervención humana. La recolección mecanizada reduce drásticamente las jornadas necesarias durante la campaña. Esto mejora la eficiencia empresarial, pero limita la generación de empleo local estable.
En el sistema tradicional, especialmente en secano y en explotaciones familiares, la recogida manual y el mantenimiento de parcelas generan más actividad económica en el entorno inmediato.
Tierra, precios y relevo generacional
El incremento de la rentabilidad en explotaciones de regadío ha tensionado el mercado de la tierra. En algunas zonas de Sevilla, el precio del olivar de regadío ha aumentado más de un 24% en cuatro años.
Además, nueve de cada diez compraventas de fincas rústicas en Andalucía se realizan sin hipoteca, lo que indica operaciones respaldadas por grandes capitales propios. Este contexto dificulta el acceso de jóvenes agricultores y complica el relevo generacional.
Vulnerabilidad del olivar tradicional
Cerca de la mitad de los olivares andaluces tiene más de 50 años. Son explotaciones con mayores costes de mantenimiento y limitada capacidad de mecanización. En campañas de sequía, su producción puede desplomarse, mientras que el superintensivo mantiene rendimientos gracias al riego.
En escenarios de precios bajos del aceite, esta diferencia de productividad agrava la brecha entre modelos. Cuando el mercado se recupera, las plantaciones de alta densidad aprovechan mejor las subidas, consolidando su posición.
Biodiversidad y territorio
El avance del modelo intensivo también implica cambios en la estructura varietal. Las plantaciones tradicionales, con variedades como picual, hojiblanca o picudo, están siendo sustituidas en algunos casos por variedades seleccionadas por su alta productividad y adaptación a la recolección mecanizada.
Este proceso reduce la diversidad genética cultivada y modifica el paisaje agrario. Además, la cosecha mecanizada nocturna puede afectar a aves que utilizan los árboles como refugio.
El debate sobre olivar y consumo de agua se sitúa así en un cruce de variables: sostenibilidad hídrica, cohesión social, empleo y equilibrio territorial. En una comunidad donde el olivar es motor económico y cultural, el modo en que se repartan el agua y las ayudas públicas condicionará el futuro del campo andaluz en los próximos años.