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El mito de que trabajar más nos hace más ricos

El discurso de “trabajar más” tiende a aparecer cuando un país está perdiendo posición en la división internacional del trabajo; es la solución más sencilla porque no exige enfrentarse a los intereses del capital y el rentismo ni planificar el futuro dentro de límites reconocidos, sino únicamente exigir sacrificios a la población

¿Cómo afecta la incertidumbre a la economía? España lleva quince años por las nubes y los aranceles de Trump son solo la puntilla

Hace unas semanas, el canciller alemán, Friedrich Merz, sugirió que Alemania no tendrá futuro si sus trabajadores no trabajan más duro. Según explicó, al volver de un viaje a China las cosas se le aparecieron mucho más claras, lo que le llevó a la conclusión de que la prosperidad de su país no podrá garantizarse con semanas laborales de corta duración —puso el ejemplo de la semana de cuatro días— y basadas en la conciliación entre la vida personal y laboral. En concreto, atacó las bajas por enfermedad, sugiriendo, literalmente, que con mejores incentivos la gente preferirá trabajar que pedirse la baja cuando enfermen. Sin duda, apunta al tipo de proyecto europeo que ciertas élites políticas y económicas desean construir: uno que erradique las conquistas sociales condensadas en el Estado Social.

Para mi sorpresa, el economista Branko Milanovic —gran conocedor de la historia del pensamiento económico y, además, un intelectual progresista que acaba de participar en un evento del Gobierno de España— ha afirmado que Merz tiene razón. Su argumento es que los países más ricos son también los países donde se trabaja más horas y que, históricamente, es cierto que si un país quiere más consumo y renta tiene que trabajar más; y, a la inversa, que si quiere más tiempo de ocio, tiene que asumir que tendrá menores niveles de ingresos por persona.

La virtud del análisis de Milanovic es que señala a las claras un trade-off que ha acompañado a la humanidad desde el comienzo de los tiempos: la necesidad de elegir entre el tiempo —y energía— dedicado a la producción y el disponible para otros menesteres. El problema obvio tanto de Milanovic como de Merz es que, al centrar el análisis en las horas de trabajo, se oculta que no todas las actividades económicas son iguales y que, por lo tanto, lo que llamamos riqueza puede variar entre dos regiones a pesar de que sus trabajadores tengan la misma jornada laboral. Veamos estas dos dimensiones de manera separada.

Trabajar, ¿cuánto es suficiente?

Una de las desmitificaciones más importantes de las últimas décadas por parte de los antropólogos ha sido, precisamente, la que se refiere a las horas de trabajo en las sociedades de cazadores-recolectores. El mito que está implícito en la idea moderna de progreso es que las sociedades han avanzado desde estadios inferiores llenos de sufrimiento y penurias hacia sociedades más avanzadas con mejor bienestar material. En realidad, depende del indicador. Por ejemplo, en términos de enfermedades, calidad de la dieta o duración de las jornadas laborales, la Revolución Neolítica —el paso desde sociedades de cazadores-recolectores hacia sociedades agrarias— fue un mal negocio: se vivía bastante mejor en las primeras. Renunciar a esa situación relativamente mejor fue el coste para poder disfrutar de sociedades más numerosas. Pero es llamativo que, para aprovisionarse de alimentos, algunas comunidades humanas dedicadas a la caza y la recolección tuvieran que dedicar menos de veinte horas a la semana.

Naturalmente, la tecnología disponible en esas sociedades de cazadores-recolectores no puede compararse con la que estaría disponible en modos de producción posteriores. Por eso decimos que las horas de trabajo no se insertan en un vacío institucional, lo que nos obliga a considerar aspectos tales como la tecnología o la política cuando establecemos comparaciones. Las sociedades agrarias de la Edad Media eran profundamente desiguales, y aun así los días de trabajo al año eran también mucho más reducidos que en la actualidad.

Los historiadores económicos Jane Humphries y Jacob Weisdorf calcularon que en la Inglaterra del siglo XIII se trabajaba un promedio de 200 días al año. Esa cifra alcanzó su mínimo tras la Peste Negra, que acabó con la mitad de la población y resultó en un poder de negociación enorme de los trabajadores —no por casualidad a ese período se denomina habitualmente Crisis del feudalismo—. El trabajo de estos historiadores es relevante porque confirma que la irrupción del capitalismo fue paralela a una mayor intensificación del trabajo, algo que despegó a partir del siglo XVII y que condujo a una media de 250 días trabajados por año en 1700 y de 350 días trabajados para 1850.

En su estudio, Humphries y Weisdorf dejaron en el aire la pregunta de si este incremento de horas trabajadas fue una elección por parte de gente que quería más consumo y de ese modo sacrificaba tiempo de ocio —como suponen algunos historiadores y parece apoyar el enfoque de Milanovic— o si fue una imposición externa por parte de los empresarios o de la propia emergente dinámica capitalista. En esa controversia a mí me parece bastante obvio que fue lo segundo. Está ampliamente documentado, por ejemplo, que los trabajadores medievales cesaban de trabajar cuando cumplían los objetivos de producción y que, para introducirlos en una lógica capitalista, fue necesaria una combinación criminal de represión civil y desposesión de medios de producción —los famosos enclosures o cercamientos—. En este punto, la historiografía británica marxista sigue siendo una guía mucho más apegada a lo que sucedió realmente en las vidas cotidianas.

Solo a partir de mediados del siglo XIX puede considerarse que las horas de trabajo anuales comenzaran a reducirse progresivamente. Esto coincidió con el despliegue de las tecnologías de la segunda revolución industrial y con el crecimiento y fortalecimiento del movimiento obrero. Esto segundo parece ser mucho más importante, lo que queda más claro examinando un aspecto particular del tiempo de trabajo: las vacaciones y los festivos. Estos días de descanso estaban vinculados a las festividades religiosas, pero fueron secularizándose por efecto de un movimiento obrero que exigía mejores condiciones de vida.

En 1870, los trabajadores del Reino Unido disfrutaban de 14 días de descanso frente a los ocho de Estados Unidos. Aun así, no fueron pagadas hasta que, en la década de 1920, la Unión Soviética dio el primer paso, tras lo cual el movimiento obrero presionó para su implantación en todo Occidente. Al término de la II Guerra Mundial, ya había 24 días de descanso pagado en Reino Unido, por 17 de Estados Unidos; y en el año 2000 en el Reino Unido eran 32 por 20 de Estados Unidos —que empezaba a reducirlas respecto a la década anterior—. En líneas generales, donde el movimiento obrero es más fuerte las jornadas son menos intensas y se cuenta con más días de descanso.

La lógica del trumpismo, y que tanto Merz como Milanovic asumen, es que trabajar más horas es indicativo de prosperidad. En esta narrativa el descanso se presenta como un problema económico serio. El debate contemporáneo gira en torno a las diferencias entre Europa y Estados Unidos. Por ejemplo, al comienzo del siglo XXI, en Europa se trabajaban una media de 1.564 horas frente a las 1.868 de Estados Unidos, Canadá y Australia. Los trumpistas afirman que esto es señal de que su nación es más poderosa. Pero, ¿es realmente un país más rico por trabajar más horas?

El asunto de la productividad

El economista José Manuel Naredo —siguiendo aquí a Lewis Mumford y Marshall Sahlins— subrayó que las sociedades de cazadores-recolectores eran, por las razones arriba expuestas, sociedades de abundancia y no de escasez. Tenían todo lo que querían, por lo que dejaban de trabajar en cuanto alcanzaban sus limitadas necesidades. En las sociedades agrarias posteriores ese enfoque se mantuvo —si bien en contextos mucho más jerarquizados y violentos— de modo que las innovaciones tecnológicas que aparecían, como el molino de agua, se interpretaban como regalos que permitían trabajar menos tiempo.

Es fácil comprender este hecho desde el punto de vista económico. La productividad es una relación entre el output —por ejemplo, una cierta cantidad de grano o una silla— y la intensidad del trabajo —por ejemplo, número de horas trabajadas o número de trabajadores—. Con una innovación tecnológica es posible producir la misma cantidad de output con menos horas de trabajo, ya que el molino de agua ahorra esfuerzo humano. La tecnología, en este caso, es una bendición —aspecto al que me referí el otro día—; al fin y al cabo, significaba la posibilidad de disponer de más tiempo de ocio.

Aunque es muy fácil medir la productividad en términos físicos, existe una gran controversia sobre la capacidad y utilidad de hacerlo en términos monetarios. Es intuitivo saber que si produces dos sillas en el mismo tiempo de trabajo que antes producías una, has multiplicado por dos tu productividad. Pero cuando una empresa produce sillas, mesas, casas, vehículos y tomates al mismo tiempo, la situación se complica hasta el extremo.

Los economistas utilizan entonces los precios para sumar conceptos distintos, lo que ha dado lugar a numerosas controversias metodológicas —que no cabe apuntar aquí, pero que ponen de relieve el precario estatus científico de la llamada ciencia económica—. En todo caso, se opera sumando los valores de los distintos elementos materiales que se producen: el valor de la silla, de la mesa, etc. La suma de todos los conceptos que produce una economía es lo que permite decir, por ejemplo, que España tuvo en 2025 un Producto Interior Bruto de 1.685.783 millones de euros.

Un problema obvio de este proceder es que desfigura la importancia de saber qué tipo de productos se crean por cada país. ¿Es lo mismo producir una silla que un avión?, ¿y vender un tour turístico que consultoría de alto nivel? Los economistas convencionales suelen prestar escasa o nula atención a la cuestión de la estructura productiva, pero es lo realmente determinante a la hora de saber si la economía de un país está o no desarrollada —y cuáles son sus vulnerabilidades y límites—.

Actualmente, el número de horas trabajadas en Grecia es de 1.893; en España, de 1.638; y en Alemania, de 1.335. Sin embargo, el Producto Interior Bruto por hora trabajada es en Alemania de 93,7 dólares; en España, de 73,4 dólares; y en Grecia, de 44,9 dólares. ¿Qué quiere decir esto? Para empezar, que es radicalmente falso que un país sea más rico por realizar más horas de trabajo. Lo que señalan estos indicadores es que la hora de trabajo en Alemania es más productiva que en España, y en España, que en Grecia. Y eso no nos habla de lo vagos que son unos respecto a otros, sino del tipo de producción habitual que tiene cada país. O lo que es lo mismo: nos habla de estructura productiva.

Si en un ahora de trabajo una economía A produce una silla valorada en el mercado en 100 euros, y otra economía B produce un vehículo valorado en 10.000, la segunda es cien veces más productiva. Y, en este punto, dará igual cuántas horas de trabajo adicionales hagan los trabajadores de la economía A —o, al caso, cuántos descansos se les quite durante esa hora de trabajo—. El tránsito desde una economía A hacia una economía B no dependerá de la intensidad del trabajo durante la jornada laboral, ni tampoco de la extensión de esta, sino de la política económica y el papel del Estado —política industrial, de hecho— para incentivar producciones de más calidad y más baratas.

El verdadero dilema

El desquicie de Merz tiene que ver con que Alemania es una economía estancada. Él ha estado en China y cree que el problema es que los trabajadores alemanes tienen demasiados beneficios laborales y sociales; y que deberían trabajar más duro. Pero el problema real de la economía alemana es que tiene una competidora de alto nivel en segmentos donde ellos eran antes dominantes —como la industria del automóvil—, lo que provoca que sus ventas y beneficios se estén reduciendo. Esto es lo que sí ve correctamente el análisis de Milanovic: la pulsión de la competencia capitalista empuja a todos los actores a rebajar sus condiciones de trabajo a fin de poder “prosperar” —aunque, como siempre, unos por encima de otros—.

Habiendo estado en China, el canciller alemán podría haber aprendido que la estrategia del gigante asiático consistió en la combinación de mano de obra barata y, sobre todo, de una política industrial impulsada por el Estado. Por alguna razón que desconocemos, no ha querido verlo así, aunque es la propia dirigencia china la que lo explica de tal modo.

Para él, como para tantos economistas convencionales, todo se reduce a trabajar más tiempo y mercantilizar más ámbitos de la vida. Ello permite, además, introducir una dimensión religioso-moral sobre la ética del trabajo y el carácter disciplinado del trabajador alemán, tan del atractivo de ciertas visiones esencialistas de la nación germana. Lo que hay detrás es la vuelta de tuerca de la vieja lógica capitalista, solo que ahora con un movimiento obrero mucho más desorganizado y débil.

Es evidente que las limitadas gafas de los economistas no nos permiten imaginar un mundo viable. La lógica descrita acríticamente por Milanovic nos habla de la competencia sin fin entre países para producir bienes y servicios cada vez más baratos, donde no hay límites ni naturales, ni económicos ni sociales. Karl Polanyi teorizó sobre la imposibilidad de someter al cuerpo social a una mercantilización extrema, alertando sobre la consecuencia sociopolítica de este proyecto —el fascismo—.

Los economistas ecológicos y los científicos naturales nos explicaron que la economía tiene límites biofísicos que, si se traspasan, implican consecuencias catastróficas para la vida. Y el puro sentido común y la contabilidad nos dice que no todos los países pueden ser ni exportadores netos ni vendedores mundiales de vehículos eléctricos y baterías de productos electrónicos. La economía se mueve necesariamente dentro de límites que los economistas se empeñan en negar una y otra vez.

El discurso de “trabajar más” tiende a aparecer precisamente cuando un país está perdiendo posición en la división internacional del trabajo. Cuando los dirigentes políticos y económicos repiten que debemos trabajar más están formulando un proyecto social: uno en el que la “prosperidad” depende de intensificar la explotación sobre la clase trabajadora. Es la solución más sencilla porque no exige enfrentarse a los intereses del capital y el rentismo ni planificar el futuro dentro de límites reconocidos, sino únicamente exigir sacrificios a la población. Pero una economía que aspira a sobrevivir haciendo trabajar más a su gente es una economía que ha renunciado a ofrecer progreso. Se trata de darle la vuelta al argumento que tenemos inoculado en nuestro “sentido común” y reconocer que una economía verdaderamente avanzada es la que logra liberar a su población del tiempo de trabajo.

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