Combatir la gordofobia, según la filósofa Kate Manne: "Para una mujer o una niña, 'gorda' es uno de los peores insultos posibles"
¿Cuántas personas han pensado que un cuerpo gordo es menos saludable? ‘Irreductibles’ (Capitán Swing) examina la gordofobia como forma de discriminación arraigada y defiende el derecho a ocupar espacio —literal y simbólicamente— sin pedir perdón
No es salud, es lo de siempre: cómo la ‘operación bikini’ ha vuelto en su peor versión a través de las redes
“Sé lo que pesaba en cada una de las ocasiones importantes de mi vida desde los dieciséis en adelante. Sé exactamente lo que pesaba el día de mi boda, el día que presenté mi tesis doctoral, el día que me hice profesora en la universidad o el día que nació mi hija. La respuesta: demasiado, demasiado, demasiado y mucho más que demasiado, según lo entendía yo entonces”.
Así comienza Irreductibles (Capitán Swing), el ensayo en el que Kate Manne convierte una experiencia íntima —la memoria obsesiva del propio peso— en una reflexión política. Lo que comienza como una confesión personal es, en realidad, la puerta de entrada a un análisis más amplio: cómo la gordofobia se instala en la vida cotidiana, cómo nos enseña a medirnos constantemente y cómo desplaza la atención de los logros hacia el tamaño del cuerpo.
Filósofa y profesora en la Universidad de Cornell, Manne desmonta mitos persistentes —que los cuerpos gordos son perezosos, poco saludables o carentes de voluntad—, cuestiona la doble vara de medir con la que juzgamos los diferentes tamaños de cuerpos y analiza cómo la llamada “industria del bienestar” no es sino el rebranding de la vieja industria de la dieta. Su propuesta no pasa por mejorar la autoestima individual, sino por interpelar estructuras que siguen castigando determinados cuerpos.
Deja claro desde el primer momento que Irreductibles es una intervención política y estructural para hacer frente a la gordofobia, no un texto de lógica psicológica e individualista.
Sí. Creo que a menudo caemos en el error de pensar que esto es solo un problema de autoestima, que la solución es que la gente mejore su imagen corporal o se quiera más. Y, por supuesto, eso sería algo positivo; puede ser una pequeña pieza del puzle. Pero no va a frenar la discriminación que sufren las personas de mayor tamaño.
Lo que de verdad necesitamos es combatir la discriminación en todas sus formas estructurales, en lugar de limitarnos a decirles a las personas gordas que se sientan bien consigo mismas. Eso es pedirles un imposible mientras las estructuras sociales siguen ahí, atacando y denigrando sus cuerpos.
Este libro es especialmente relevante en el contexto actual, donde estudios demuestran que la gordofobia está en auge mientras que otros sesgos relacionados con la raza, orientación sexual o discapacidad parecen mejorar.
Exacto. Los estudios que cito demuestran que el sesgo implícito contra las personas gordas —un término que yo uso de forma neutral, no insultante— va en aumento. Es alarmante, porque es el único tipo de prejuicio que está creciendo según estas mediciones, a diferencia de lo que ocurre con la raza, la etnia, la discapacidad o la orientación sexual. Curiosamente, estos estudios no analizaron el género, aunque creo que se podría argumentar que la misoginia también está repuntando en ciertos sectores.
Creo que existe una especie de complacencia con la gordofobia. Incluso en entornos progresistas, la gente no está tan 'en guardia' contra este prejuicio como debería estarlo. No solo no estamos avanzando; la realidad es que estamos retrocediendo.
Creo que existe una especie de complacencia con la gordofobia. Incluso en entornos progresistas, la gente no está tan 'en guardia' contra este prejuicio como debería estarlo
En el libro dedicas mucha reflexión a la relación entre la gordofobia y la salud. Denuncias que la supuesta “preocupación” por el bienestar ajeno es, en realidad, una forma de control y humillación.
En cuanto un cuerpo gordo aparece en público, es visto fugazmente o se convierte en tema de conversación, el movimiento automático que hace la gente es pensar que esa persona es poco saludable.
En realidad, no están preocupados por la salud de esa persona, porque no están preocupados por cuánto duerme, o si tiene acceso a todos los factores necesarios para llevar una vida saludable y plena. Lo que realmente están diciendo es que creen que esa persona es perezosa, descuidada e irresponsable. Y están atacando a esa persona muchas veces basándose en su peso sin tener el más mínimo conocimiento de su presión arterial, sus últimos análisis de sangre u otros marcadores fisiológicos de buena salud. Así que yo quería defender la idea de que la relación entre el peso y la salud es, en primer lugar, algo entre tú y tu médico; no es asunto de nadie más. Y añadiría que, por desgracia, muchos médicos tienen algunos de estos sesgos gordófobos que, en sí mismos, son realmente problemáticos.
La relación entre el peso y la salud es una cuestión compleja, donde, en realidad, resulta que las personas que están en la categoría de “sobrepeso” según las tablas del IMC son, de media, las más saludables, estadísticamente hablando. Y, sin embargo, a pesar de que no tienen un mayor riesgo de mortalidad, se les dice que pierdan peso.
Yo sé que estoy mucho menos saludable de lo que podría estar, sobre todo en los momentos en los que estoy trabajando más. Pero nadie suele preocuparse, por ejemplo, por el hecho de que yo pase noches en vela escribiendo y trabajando. Las personas son mucho más rápidas a la hora de atacar el peso, y eso es porque es un arma, no una preocupación genuina, compasiva y considerada por el estado real de salud de alguien.
A través de estudios científicos, demuestra que las dietas restrictivas tienen una tasa de fracaso abrumadora y que sus riesgos para la salud física y mental superan sus escasos beneficios a largo plazo, ¿por qué cree que seguimos venerando la dieta?
Es muy desalentador en cierto modo, porque muchas personas, yo incluida, han puesto sus esperanzas y su fe en las dietas para reducir el tamaño de su cuerpo. Pero, a largo plazo, hacer dieta es un muy buen predictivo de aumento de peso.
Si bien es posible perder peso con casi cualquier método a corto plazo, nuestro organismo es extraordinariamente eficiente recuperándolo en cuanto detecta una restricción. El cuerpo humano no distingue entre una dieta “saludable” para adelgazar y una situación de hambruna real; para nuestra biología, la escasez de energía es una amenaza de supervivencia. Ante esta señal de alerta, el cuerpo reacciona activando mecanismos de restauración del peso, lo que explica por qué tantas personas recuperan lo perdido.
En realidad no están preocupados por la salud de esa persona (...) Lo que realmente están diciendo es que creen que esa persona es perezosa, descuidada e irresponsable
En este sentido, menciona que a día de hoy la industria de la dieta ha sufrido un rebranding y ha pasado a conocerse como la industria del bienestar.
Es una estrategia de marketing brillante: ya no dices que estás a dieta, sino que emprendes un “viaje de bienestar”. Por supuesto, todos queremos que las personas florezcan y se sientan bien, pero la realidad es que muchas de estas intervenciones están diseñadas para extraer nuestro tiempo, dinero y energía. Nos empujan a aspirar a una pérdida de peso que, para la mayoría de los cuerpos, es inalcanzable sin una intervención médica agresiva.
Es puro eufemismo. Reempaquetan una dieta como algo diseñado para aumentar el bienestar, y a menudo no lo hace. Y esta industria del bienestar es para todo el mundo: personas gordas, personas delgadas… Todo el mundo debería estar en el “bienestar”.
Habla también de una doble vara de medir: admiramos a quienes asumen riesgos de salud (como escalar el Everest o hacer salto BASE), pero juzgamos a quien tiene un cuerpo más grande por disfrutar del placer de comer.
Efectivamente. En cuanto intentas argumentar que no deberíamos juzgar a nadie por su tamaño, surge el mismo reproche: “¿Pero no estás asumiendo un riesgo para tu salud?”. Aun si aceptáramos esa premisa, lo cierto es que somos extremadamente tolerantes con muchísimos otros riesgos voluntarios.
Admiramos a quien corre carreras de coches o practica buceo de profundidad porque entendemos que esas actividades forman parte de lo que ellos consideran una “buena vida”. Es parte de una buena vida ser aventurero, practicar escalada, montañismo… ¿Y por qué no podría ser parte de una buena vida comer de una manera placentera, disfrutar realmente de la comida, compartirla con los seres queridos, cocinar y participar activamente en los placeres culinarios?
Quizá seas un poco menos saludable por eso, pero, ¿y qué? Puede ser una elección que alguien haga de manera bastante racional, priorizando el placer sobre estar en perfecta salud.
De hecho, menciona cómo la gordofobia considera los cuerpos más gordos como inferiores no solo en términos de salud, sino también en lo que respecta al estatus moral, sexual e intelectual.
Creo que la mejor definición de gordofobia es entenderla como un sistema que degrada injustamente a las personas basándose solo en su tamaño. Se cuestiona su valor estético, su salud, su moral e incluso su capacidad intelectual. ¿Por qué alguien iba a ser menos inteligente por tener un cuerpo más grande? Es absurdo. No tiene ningún sentido, y, sin embargo, es un prejuicio que sigue marcando cómo juzgamos el valor de los demás.
Escribe cómo, al igual que todos los sistemas de opresión, la gordofobia se entrecruza con otra serie de realidades, entre ellas el racismo, el sexismo, el machismo, el clasismo, el capacitismo, el edadismo…
Me alegra que saques este tema, porque mi opinión es que la gordofobia no opera de forma aislada; es una pieza clave que se entrelaza. Históricamente, ha funcionado como una herramienta de exclusión racial, pero también es un arma de control misógino extremadamente eficaz.
Para una mujer o una niña, que te llamen “gorda” suele percibirse como uno de los peores insultos posibles. Esto ocurre porque nuestra sociedad sigue vinculando el valor femenino casi exclusivamente a la apariencia y al capital sexual dentro de un mercado de citas o matrimonio. Así que es una forma muy poderosa de denigrar a las mujeres, y también lleva a que las mujeres —y de nuevo las niñas— se vigilen a sí mismas y dediquen enormes cantidades de tiempo, dinero, energía y recursos mentales a hacerse más pequeñas de lo que naturalmente serían, en lugar de dedicarlos a cosas que pueden ser más satisfactorias, más importantes, más valiosas y, francamente, más divertidas que empezar otra dieta más.
Dedica las últimas reflexiones de su obra a reivindicar lo positivo de que existan cuerpos gordos, pues forman parte de la valiosa diversidad humana.
Me encanta esto, porque a menudo nos quedamos en un argumento limitado: “Debemos ser amables con las personas gordas”. Y aunque la bondad básica escasea demasiado, es solo el primer paso. La verdadera justicia social va más allá de la cortesía o de las reformas estructurales; implica reimaginar el cuerpo grande como una contribución valiosa a la diversidad humana.
Es puro eufemismo. Reempaquetan una dieta como algo diseñado para aumentar el bienestar, y a menudo no lo hace
En el libro cito una idea que me apasiona: ver un cuerpo grande como una oportunidad emocionante. Puede ser en el ámbito de la moda o del baile (pensar un cuerpo gordo bailando de formas que pueden ser absolutamente estimulantes y distintas a las de un cuerpo delgado). No se trata de establecer jerarquías de “mejor o peor”, sino de reconocer una belleza y una forma de estar en el mundo que es única. Si ya celebramos la diversidad étnica, la discapacidad o lo queer como fuentes de valor social, tiene todo el sentido del mundo entender la gordura bajo esos mismos términos de riqueza humana.
Y, por último, después de todas las investigaciones que ha realizado, de todas las reflexiones y análisis, ¿se queda con algo positivo? ¿Hay esperanza?
A pesar de que parece que estamos retrocediendo en el movimiento de liberación corporal, hay algo que me da mucha esperanza: la solidaridad. Me inspira profundamente ver cómo se crean conexiones entre personas que, debido al peso de la vergüenza, solían bajar la mirada y desear desaparecer.
El hecho de que tantos activistas y personas gordas se estén uniendo para establecer ese “contacto visual”, metafórico y real, es un contrapeso poderoso. Decir: “Yo he pasado por esto, ¿tú también?”, nos saca del aislamiento. La conexión es, en última instancia, lo que disuelve la vergüenza y nos permite creer que la acción social y política es posible.
Eso me da esperanza. Aunque no creo que estemos yendo en la dirección correcta socialmente, siempre hay aspectos de la cultura que se oponen a esas fuerzas problemáticas, y creo que podemos encontrar mucha esperanza ahí. En otras palabras: “Busca a quienes ayudan”. Busca a las personas que están haciendo este buen trabajo, aunque sea difícil.