Ellos se lanzaron a un mar de balas, a conquistar la gloria
Fue una acción atrevida, valiente, «suicida». Un hecho de los que sacudieron nuestra historia. Porque se las traía ir a la madriguera del dictador a ajusticiarlo, como también era más que arriesgado darle la noticia a Cuba completa mediante el micrófono de una emisora.
Pero el valor sobrepasa las más grandes montañas; y el día 13 de marzo de 1957 integrantes del Directorio Revolucionario, junto a un grupo de opositores auténticos, se lanzaron a un mar de balas a conquistar la gloria.
El objetivo era dar muerte a Fulgencio Batista Zaldívar y luego llamar a la insurrección popular. Con tal fin José Antonio Echeverría (16 de julio de 1932-13 de marzo de 1957), líder de la Federación Estudiantil Universitaria y del Directorio, debía llamar al pueblo por las ondas de Radio Reloj a congregarse en la Universidad.
Alrededor de las 3:24 minutos de la tarde, El Gordo —como lo llamaban sus compañeros de estudio— comenzó la histórica alocución, en la cual confirmaba la «muerte» del tirano:
«¡Pueblo de Cuba!: En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas, y somos nosotros, el Directorio Revolucionario, los que en nombre de la Revolución cubana hemos dado el tiro de gracia a este régimen de oprobio. Cubanos que me escuchan, acaba de ser eliminado...».
Las palabras del joven quedarían inconclusas al irse del aire la emisora momentos más tarde. Esto provocó que él, Fructuoso Rodríguez y otros participantes en la acción se dirigieran hacia el Alma Mater habanera. En el trayecto, los tres autos en que viajaban se separaron por una obstrucción en la vía.
Carlos Figueredo, chofer del vehículo en que iba José Antonio, contaría tiempo después: «(...) Nos enfrentamos con un carro perseguidor. Como teníamos órdenes de obstaculizar cualquier refuerzo que acudiera al Palacio Presidencial, detuvimos el auto en el medio de la calle, chocando de frente con la perseguidora».
Casi instantáneamente Echeverría avanzó disparando, con absoluto desprecio de su vida, hacia el patrullero. Cayó al suelo y volvió a pararse sobre sus rodillas. Segundos después recibió una ráfaga que lo fulminó.
Mientras ocurrían estos hechos el Palacio Presidencial se convertía en un enjambre de proyectiles. Carlos Gutiérrez Menoyo, Menelao Mora, José Machado, Pepe Wanguemert y Faure Chomón encabezaban el comando de más de 40 intrépidos que atacaron la guarida de Batista.
«Se entabló fuerte combate en la planta baja —narraría Chomón— pero los defensores de Palacio fueron cediendo, huyendo hacia los pisos superiores (...) los soldados habían sido barridos de la planta baja».
Así, algunos asaltantes llegaron al segundo piso, donde se fragmentaron en dos grupos. Uno de estos, en el que iba Gutiérrez, jefe de la operación, logró penetrar al salón de los espejos y luego al despacho de Batista, el que registraron infructuosamente.
El otro grupo «limpió» varias oficinas pero tampoco encontró al dictador. Luego ambos comandos se unieron y entablaron combate con la guarnición que les disparaba ráfagas desde el tercer piso.
«Desde la azotea —contó Faure— algunos soldados dan vivas al tirano, contestando nuestros compañeros. Esto hace presumir también que Batista ha ganado ya la azotea, pues hasta ese momento la soldadesca ha permanecido en silencio».
Había transcurrido casi una hora de sangriento combate. Un segundo contingente de cien hombres que debía apoyar la operación ha faltado, cobardemente, a su palabra, y no ha llegado. El parque es mínimo. No queda otra alternativa que replegarse.
Pero si difícil resultaba entrar a Palacio, tanto o más era salir con vida. Y así lo apuntó Chomón: «En nuestro plan teníamos calculado que la retirada de Palacio era imposible si no funcionaba la operación de apoyo y que todo aquel que lo intentara no lograría caminar muchos metros vivo (...). Y aunque algunos compañeros cayeron en este instante, otros —pudieron salvarse 26— logramos retirarnos milagrosamente vivos.
«Tan seguros —acotó el asaltante— estábamos de que la retirada era imposible sin ayuda del exterior, que Carlos me había propuesto cerrar con llave a Palacio y botar la misma (...), ya que si nos iban a matar de todas formas, esta era una manera de precisarnos a todos a buscar a Batista y morir peleando por la posibilidad».
Luego de la acción —en la que cayeron Menelao, Carlos y otros valiosos hombres—, Faure, herido, se dirigió a la Universidad y dio cuenta de lo acaecido: la operación no había tenido éxito.
Concluía así una de las más valientes acciones de la historia nacional. Pese al fracaso, la muerte de José Antonio y de sus compañeros se convertiría, como él mismo profetizó, en un ejemplo que ayudó a abrir la senda del definitivo triunfo. Si la gloria se mide en entrega y valor, aquel 13 de marzo fue una cosecha infinita.