El cumpleaños número 68 de Alberto II de Mónaco llega marcado por un nuevo frente mediático y judicial, pero también por una confesión poco habitual sobre su vida personal. En plena polémica por las revelaciones del que fuera su gestor financiero, el príncipe ha querido poner el foco en su familia y en su relación con Charlène de Mónaco. En una entrevista concedida a 'Paris Match', el jefe de la Casa Grimaldi se ha sincerado sobre el inicio de su historia con la exnadadora sudafricana. Y lo ha hecho desmontando uno de los tópicos más habituales en los cuentos de hadas de las casas reales. «Lo nuestro no fue amor a primera vista», reconoció el monarca al recordar cómo comenzó una relación que hoy supera ya las dos décadas y que, pese a las polémicas y rumores que han rodeado al matrimonio, sigue siendo uno de los pilares del principado. La historia entre Alberto y Charlène comenzó en el año 2000 durante una competición de natación. En aquel momento, sus mundos eran completamente distintos. Ella era una deportista profesional apasionada por la natación, hija de un vendedor de fotocopiadoras y de una saltadora de trampolín. Él, heredero al trono del pequeño pero mediático principado de Mónaco, acostumbrado a vivir bajo el foco de la prensa internacional. Pese a aquel primer encuentro, su relación no comenzó hasta años después. Fue en 2005 cuando ambos retomaron el contacto y comenzaron un romance que pronto despertó el interés de la prensa. Un año más tarde decidieron oficializar su relación ante el mundo durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 2006. Durante la conversación con el citado medio, el príncipe también quiso defender el papel de su esposa en el principado: «Nos apoyamos mutuamente. Ella ha reanudado muchas de sus actividades, más compromisos públicos, para alegría de todos». La boda de Alberto y Charlène en 2011 fue uno de los acontecimientos más comentados de la realeza europea en los últimos años. Las celebraciones, que reunieron a más de 850 invitados, costaron cerca de 60 millones de euros. La princesa deslumbró con un vestido de Giorgio Armani adornado con 40.000 cristales Swarovski y una cola de seis metros. Sin embargo, incluso durante aquel día de celebración surgieron rumores que empañaron la imagen idílica del enlace. El gesto serio de la novia durante la ceremonia y el hecho de que rompiera a llorar en un momento dado alimentaron todo tipo de especulaciones. En los días previos a la boda incluso circularon informaciones que apuntaban a que Charlène habría intentado abandonar el país antes del enlace, algo que la propia princesa desmintió posteriormente calificándolo de «divertidísimo». «¿Por qué iba a hacer todo este esfuerzo para que nuestros amigos más queridos se unieran a nosotros, si nosotros no quisiéramos casarnos?», respondió entonces para zanjar los rumores.