Elder García: “Es reconfortante poder mejorar la vida de un ser querido”
Elder García, de 29 años, decidió hace tres años donar un riñón a su hermano, un gesto que refleja el amor, la solidaridad y la fuerza del compromiso familiar. Con esta acción, no solo le brindó esperanza y salud a un ser querido, sino que también demostró cómo un acto de generosidad puede transformar vidas. Su historia recuerda que detrás de cada trasplante hay valentía, generosidad y esperanza, especialmente en un país donde aún falta mayor información y conciencia sobre la importancia de la donación de órganos. Este testimonio cobra aún más relevancia en el marco del Día Mundial del Riñón, que se conmemora cada 12 de marzo.
Cuando su hermano recibió el diagnóstico de enfermedad renal, ¿cómo lo vivieron ustedes como familia?
—Mi hermano es médico y en una capacitación laboral realizaron prácticas de ultrasonido entre los compañeros. Durante uno de esos ejercicios detectaron que tenía riñón poliquístico. La noticia no fue sorpresiva para la familia, porque mi papá también padeció la misma enfermedad. También recibió un trasplante renal. Aunque ya existía ese antecedente, siempre genera tristeza saber que otro miembro de la familia enfrenta la misma situación.
Después de la experiencia con su padre, ¿cómo enfrentaron el diagnóstico de su hermano?
—Cuando mi papá enfermó, la situación era totalmente nueva para nosotros. Con el tiempo logramos superar ese proceso y su trasplante tuvo un resultado exitoso. Esa experiencia ayudó a enfrentar el diagnóstico de mi hermano con más información. Aun así, la noticia generó preocupación y nostalgia. Pero también existía la esperanza de que, al ser médico, él tendría más herramientas para cuidar su salud.
¿Cómo surgió la posibilidad de que usted fuera donador de riñón?
—Al inicio los médicos descartaron que los hermanos fuéramos donadores, porque el riñón poliquístico tiene un componente genético. Existía la posibilidad de que nosotros también desarrolláramos la enfermedad. Posteriormente un nefrólogo explicó que en Guatemala existía un examen genético para determinar si tenía o no el gen que provoca esa condición. Me sometí a la prueba y los resultados indicaron que genéticamente no tenía ese problema. A partir de ahí se inició el proceso para el trasplante.
¿Qué sintió cuando supo que podía convertirse en donador?
—Cuando mi hermano me planteó la posibilidad de realizar las pruebas, no fue una decisión improvisada. Durante meses ya había reflexionado sobre la situación. Ver su estado de salud y conocer el proceso que se aproximaba me llevó a pensar en esa posibilidad desde mucho antes. Cuando finalmente se confirmó que yo podía ser compatible, acepté someterme al proceso de manera natural. Fue una decisión muy consciente.
Hablando de familia, ¿cómo es la relación con su mamá y cuántos hermanos conforman su familia?
—Somos tres hermanos y la relación es cercana. Desde pequeños el núcleo familiar estaba formado por mis padres y nosotros tres. Crecimos muy unidos. Con el paso del tiempo se dio cierta desintegración del hogar, pero por motivos de estudio. Cuando mis hermanos empezaron la universidad tuvieron que salir de la comunidad. Yo soy el menor de los tres, así que viví el proceso de ver cómo el mayor se iba primero y luego el segundo. Cuando llegó mi turno de salir a estudiar ya era algo que la familia había asumido. Sin embargo, siempre representaba un golpe emocional, porque nuestra familia se caracterizaba por la unión y por compartir muchas actividades juntos.
¿Cómo fue su infancia en Chiquimulilla mientras sus hermanos estudiaban fuera?
—La vida en un pueblo es muy distinta a la de la ciudad. Todo es más tranquilo y el ritmo de vida es diferente. Tenía amigos en la comunidad y participaba en actividades de la iglesia. Ese entorno ayudó a que la ausencia de mi hermano no se sintiera tan fuerte. Además, mi hermano estudiaba en Centro Universitario de Oriente, conocido como CUNORI en Chiquimula. Para visitarlo había que tomar varios buses, así que muchas veces éramos nosotros quienes hacíamos el viaje. Aun así, mi infancia fue bastante tranquila.
¿Qué ocurrió con su segundo hermano cuando llegó el momento universitario?
—Mi segundo hermano también fue a estudiar a CUNORI. Él inició la universidad ahí, finalmente no terminó su carrera. Regresó a Chiquimulilla. Para ese momento ya habían pasado cuatro años desde que había salido a estudiar. Nosotros somos tres hermanos hombres. Cada uno siguió caminos distintos, pero siempre mantuvimos cercanía familiar.
¿Cómo fue su propio proceso cuando terminó el diversificado y salió del pueblo?
—Yo me vine a la ciudad de Guatemala para estudiar en la USAC. Viajaba con frecuencia a mi pueblo. Por razones económicas y por la facilidad del transporte, me resultaba más viable viajar cada semana a Chiquimulilla. Durante varios años viví en la capital de lunes a viernes. Los viernes regresaba a Santa Rosa y los lunes volvía a la ciudad por la mañana, porque estudiaba en jornada vespertina.
¿Qué carrera estudió y cómo fue la experiencia universitaria en derecho?
—Soy abogado. Durante la universidad también hice pasantías en un juzgado, lo cual implicaba horarios más exigentes. En esa etapa sí tuve que viajar muy temprano desde Santa Rosa hacia la capital. Fue una etapa exigente, pero muy formativa. Ahí empecé a comprender el funcionamiento del sistema judicial y el valor del trabajo en el ámbito jurídico.
¿Por qué decidió estudiar derecho después de haberse graduado como maestro?
—Mi diversificado fue magisterio y soy maestro de educación primaria. Elegí esa carrera porque en mi familia existe mucha tradición docente. Mi papá fue maestro. Mi hermano mayor es maestro y varias tías ejercen esa profesión. Con el tiempo, al acercarme al final del diversificado, empecé a pensar en qué quería hacer con mi vida. Presenté las pruebas de admisión de la universidad y obtuve un resultado satisfactorio en derecho. A partir de eso decidí iniciar esa carrera.
¿Cómo describiría hoy su relación con sus hermanos?
—Siempre hemos sido unidos. Con mi hermano del medio he tenido una relación muy cercana desde pequeño. Con el mayor la diferencia de edad hacía que en la infancia nuestros intereses fueran distintos. Cuando yo tenía 7 años él tenía 18. Era difícil coincidir en muchos temas. Con el tiempo la relación se fortaleció con mi hermano mayor. Cuando vine a estudiar a la capital viví con él durante un tiempo, mientras él realizaba su especialidad médica en el Hospital Roosevelt.
¿Cómo reaccionó su mamá ante la posibilidad de que usted donara?
—Mi mamá mantuvo una postura neutral. Después de todo lo vivido con mi papá sabía lo que implicaba la cirugía. Aunque nunca nos pidió que no lo hiciéramos, sí sentía miedo. Al final se trataba de dos de sus hijos involucrados en una operación grande. Su mayor preocupación fue que ambos tuviéramos complicaciones, y que nuestra salud no se viera comprometida.
¿Cómo fue la preparación médica antes del trasplante?
—El proceso previo implica muchos exámenes. Pruebas de laboratorio para confirmar la compatibilidad y verificar que el donador esté saludable. Los médicos del IGSS realizaron pruebas confirmatorias. No bastó un solo examen, se debía tener absoluta certeza antes de la cirugía. El protocolo es bastante estricto. Para ser donador se debe estar sano de pies a cabeza.
¿Cómo recuerda el momento previo a entrar al quirófano y los días posteriores?
—Fue el momento más difícil para mí. Estar hospitalizado, incomunicado y esperar la cirugía generó mucha ansiedad. Mi presión arterial subió. Los médicos temían que eso impidiera la operación. Finalmente, la anestesióloga me habló con mucha claridad. Me explicó que no debía sentir culpa si el procedimiento no podía realizarse. Ese apoyo me tranquilizó. Lo primero que pregunté fue cómo estaba mi hermano. Temía que el trasplante no se hubiera realizado. Cuando me confirmaron que la cirugía había salido bien sentí alivio. El temor que había sentido en el quirófano quedó atrás. La operación fue un martes, salí del hospital el viernes. Al día siguiente de la cirugía los médicos me pidieron que me levantara. Con ayuda de las enfermeras pude ponerme de pie y empezar a moverme. Fue incómodo al inicio, pero también un paso importante para la recuperación. La comunicación con mi hermano se mantenía porque nuestras habitaciones estaban frente a frente. Podíamos vernos y hablar un poco.
Después de esta experiencia, ¿qué cambios ha tenido su vida y qué mensaje daría a quienes consideran donar un órgano?
—La vida continúa con normalidad. Los médicos recomiendan cuidar la alimentación, hacer ejercicio y mantener hábitos saludables. Evito las gaseosas y procuro tener una dieta más equilibrada. Trato de mantener actividad física. No significa que la vida se vuelva limitada. Simplemente uno se vuelve más consciente del cuidado de la salud. Lo principal es que la decisión debe surgir de la voluntad de cada persona. Nadie debe sentirse obligado. Es normal sentir miedo o incertidumbre, porque se trata de una cirugía importante. Es muy reconfortante saber que uno puede mejorar la calidad de vida de un ser querido. Mi recomendación es informarse bien con los médicos, conocer los riesgos y beneficios, y luego tomar la decisión con plena conciencia. Muchas veces un gesto así puede cambiar la vida de otra persona.