Unos Oscar sin colmillos
En los últimos años, los Oscar, habitualmente renuentes a premiar películas demasiado fantásticas y mucho menos aquellas que juegan directamente con elementos de terror y suspense, parecen haberse ido abriendo un poco más al género (al contrario que nuestros Goya). Después de sorpresas cada vez más alejadas en el tiempo, como los siete Oscar a «El silencio de los corderos» (1992), incluyendo mejor película y mejor director –al fin y al cabo más un thriller que una historia de terror–; el increíble récord de once a «El Señor de los Anillos: El retorno del rey» (2003), cubriendo todas las categorías principales –amparándose en su naturaleza épica en la estela de «Ben-Hur» o «Lawrence Arabia», antes que en sus orcos, elfos y hechiceros–; y los cuatro (entre ellos mejor película y director) de «La forma del agua» –un cuento de hadas moderno políticamente correcto, cinéfilo y sentimental–; la Academia pareció volver a su tradición de marginar el cine fantástico, de ciencia ficción, horror y misterio, salvo en categorías técnico-artísticas o, como mucho, actorales.
Una tendencia que ha cometido históricas injusticias como no otorgar nunca el Oscar a mejor director a Alfred Hitchcock, David Lynch o Cronenberg e ignorar en mayor o menor medida títulos tan destacados en la historia del cine como «La semilla del diablo» (1968) de Polanski, «El exorcista» (1973) de Friedkin o «El resplandor» (1980) de Kubrick. Justo cuando los amantes del género nos habíamos acostumbrado, nos encontramos con una edición que parecía romper prácticamente el molde: la de este año, entre cuyas principales finalistas estaban «Pecadores», una película de vampiros, con 16 nominaciones, principales incluidas; cuatro, entre ellas a mejor película, para «Bugonia», una comedia negra de suspense y ciencia ficción; cinco para el «Frankenstein» de Del Toro, también a mejor película; una para «Weapons», la más directamente de terror de todo el pack; y dos para «Las guerreras K-Pop», dentro del terreno de la animación y la música. Increíble: vampiros, alienígenas, resucitados góticos, brujas modernas y demonios coreanos campando a sus anchas por los Oscar 2026. ¿Ha cambiado Halloween de fecha? ¿Se ha trasladado Sitges a Los Ángeles? Tranquilos, poca sangre ha llegado al río de las estatuillas de oro.
Sospechas con certeza
Ya ocurrió antes. El año pasado «La sustancia», nominada a mejor película, dirección, actriz principal y guión original se llevó… el de mejor maquillaje y peluquería. «Déjame salir» (2017), precedente directo de «Pecadores», lo estuvo también a película, director, actor principal y guión original, obteniendo solo este último, sin duda inmerecido (es una historia que los amantes del género hemos visto y leído mil veces, lo que la hacía funcionar era la dirección). En algo hemos mejorado. Al fin y al cabo, «Pecadores» se ha hecho con el de mejor actor para Michael B. Jordan por su doble papel protagonista, y con el de mejor fotografía, mientras que «Weapons» ha conseguido su única nominación, un muy justo Oscar a mejor actriz de reparto para Amy Madigan por su fantástica bruja, que despierta ecos del obtenido por Kathy Bates como mejor actriz principal por su villana de «Misery» (1990) –¿es la "hagsploitation" un género favorito de los Oscar?–.
Sin embargo, «Frankenstein» ha tenido que consolarse con tres galardones técnico-artísticos, eso sí, de los gordos: mejor diseño de vestuario, mejor maquillaje y peinado y mejor diseño de producción. «Bugonia» quedó fuera de juego, pero «Las guerreras K-Pop» se llevaron merecidamente los de mejor filme de animación y mejor canción. Ya dijimos aquí que la verdadera triunfadora del 2025 era esta y no «Sirat», que se volvió sin estatuilla. En definitiva: si la Academia por un lado cada vez incluye (es tiempo de inclusión) más títulos de fantasía y terror entre los nominados y premiados, sobre todo desde que las producciones del género vienen marcadas por el sesgo inclusivo racial o por el femenino y feminista, amén de por mensajes de corrección política, siempre que se le ofrezca cualquier otra opción sin monstruos, la elegirá. Y este año la tenía y la teníamos todos muy clara: «Una batalla tras otra»: mejor película, mejor director (Paul Thomas Anderson), mejor actor de reparto (Sean Penn), mejor guión adaptado, mejor casting y mejor montaje. Lo que se suele llamar barrer en los Oscar.
Lo sospechábamos con bastante certeza porque el irregular, agotador y un tanto pretencioso artefacto explosivo de P. T. Anderson jugaba con cartas marcadas. Adaptación de una novela de prestigio, «Vineland», del inadaptable Thomas Pynchon, protagonizada por actores que un día fueron guapos y odiados (Leonardo Di Caprio, Sean Penn) y ahora tienen ya edad y aspecto más que maduro para servir de bandera contra el edadismo (¿recuerdan algún actor joven, pero joven de verdad, que haya ganado el Oscar en los últimos treinta años… o más? Que se lo digan a Chalamet, si no se ha ido a la ópera, claro). Con un mensaje «revolucionario» un tanto nostálgico, absurdo e impostado, pero que puede ser leído (y lo es) como claramente anti-Trump y, por supuesto, con un metraje de algo más de tres horas (¿tienen los Oscar algún oscuro baremo de votos positivos por minuto de duración que los humildes espectadores mortales, algunos con prostatitis, ignoramos?).
En definitiva, con sus locos militares supremacistas blancos, nostalgia por el terrorismo «bueno» de antaño y simplificación de la ambigüedad del libro original, para que no haya lugar alguno a posibles equívocos morales, la batalla estaba ganada. Los Oscar no quieren dar miedo, solo quieren asustar a Trump o, al menos, dejarle claro lo que piensan de su política. Y es que la gala supuestamente menos politizada de los últimos años (con excepción del show de Javier Bardem, que empieza a ser una tradición casi como la de las olvidadas ganadoras del concurso de Miss Universo: «paz en el mundo»), premió por encima de todas a la más política de las películas nominadas.
No nos engañan incluyendo también cintas de vampiros, brujas, alienígenas y monstruos artificiales. Lo hacen porque los vampiros son negros, las brujas venerables actrices de edad, las alienígenas estrellas de moda en películas de mensaje ecológico y anticapitalista, y las criaturas resucitadas patéticos y tiernos enamorados, incomprendidos y explotados por su amoral creador. Es lo que toca. Pero ni por esas suelen llegar hasta las estatuillas más ambicionadas cuando se les pone por delante algo como «Una batalla tras otra». En realidad, la gala fue más o menos igual de política que siempre, quizá algo más tímidamente. [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/cultura/cine/conan-obrien-guionista-simpson-presentador-oscar-b50m_2026031569b6b10ed489bf782e1ac589.html|||Conan OBrien]] lanzó bromas tirando a inofensivas hacia el pobre Chalamet por decir en voz alta lo que sabemos todos, saludó a los espectadores de habla hispana en español (que no es el idioma que se habla precisamente en Noruega, cuya «Sentimental Value» se llevó el Oscar a mejor película internacional, lo sentimos Oliver, nada como el valor sentimental para la Academia, no debiste matar al perrito…) y lanzó varias pullas directas hacia Ted Sarandos, directivo de Netflix, a quien imaginaba preguntándose ante el espectáculo: «¿Por qué están todos juntos divirtiéndose? ¡Tendrían que estar solos en casa para que pueda monetizarlo!».
Ausencia de diversión
Lo cierto es que no creo que Sarandos se sintiera demasiado inquieto por la broma, menos aún al ver triunfar sus «Guerreras K-Pop» como mejor película animada y mejor canción. Pero también porque hace ya mucho tiempo que las galas de los Oscar, como los films que suelen ganar en sus categorías principales, son mucho menos divertidas de lo que ellos creen. Es muy posible que, de hecho, la mayoría de la gente que estaba viendo la gala en sus casas, estuviera zapeando entre plataforma y plataforma, en muchas de las cuales, incluida Netflix, se encuentran películas bastante mejores que algunas de las nominadas o premiadas en los últimos años. Quizá Hollywood sigue ganando una batalla tras otra, año tras año… Pero tengo la sensación de que la guerra ya la ha perdido.