“La reforma de la LOPS, sin consenso médico, abriría otro conflicto”
La reforma de la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS) se presenta como una modernización necesaria del sistema sanitario. Y, en efecto, actualizar una norma de 2003 parece razonable en un contexto marcado por el envejecimiento de la población, la falta de profesionales y la creciente complejidad asistencial.
Sin embargo, no todas las reformas son neutras. Algunas, bajo la apariencia de avance técnico, esconden decisiones profundamente políticas. Y una de ellas, quizá la más perseguida, es la redistribución de competencias entre médicos y Enfermería que impulsa el Ministerio de Sanidad.
Sobre el papel, el objetivo es incuestionable: fomentar el trabajo en equipo y aprovechar mejor las capacidades de todos los profesionales. Pero, en la práctica, el problema no es el qué, sino el cómo.
Porque ampliar competencias sin delimitar claramente hasta dónde llegan no genera colaboración. Genera, por un lado, conflicto entre profesiones, y por otro supone un fraude para los pacientes.
Un sistema sanitario no puede permitirse ambigüedades en algo tan esencial de las competencias del médico como quién diagnostica, quién indica un tratamiento o quién asume la responsabilidad última de una decisión clínica. Cuando esos límites se pretenden difuminar, las decisiones dejan de ser claras, las responsabilidades se diluyen y el día a día asistencial, aparte de deteriorarse, se convierte en un terreno de fricción constante.
No se trata de una cuestión corporativa ni de una defensa de parcelas de poder. Se trata de garantizar la seguridad del acto médico, y por ende la de los pacientes.
En Medicina, cada decisión conlleva un riesgo. Y ese riesgo exige un marco claro de responsabilidad. Sin él, no hay verdadera autonomía profesional, sino una peligrosa sensación de indefinición en la que nadie sabe exactamente hasta dónde puede llegar.
En este contexto, la ampliación o, por qué no decirlo, la invasión de funciones sin una delimitación clara y precisa no fortalece al sistema: lo tensiona. Y lo hace en el peor lugar posible, en la relación entre profesionales que trabajan codo con codo todos los días. Porque el resultado previsible de esta ambigüedad no es un equipo más cohesionado, sino profesionales rivalizando por competencias, por reconocimiento y por espacio dentro del sistema. Justo lo contrario de lo que necesita una sanidad pública en profunda crisis, y ya sometida a una enorme tensión.
Conviene insistir en algo que a menudo se simplifica en el debate público: los médicos no consideramos un problema que Enfermería avance. Ese avance es lógico, necesario y, bien articulado, beneficioso para el conjunto del sistema. El problema es utilizar ese avance sin orden, sin límites claros y sin un consenso real entre los profesionales implicados.
Cuando se fuerza ese proceso, el resultado no es cooperación, sino confrontación. Y la confrontación en un entorno sanitario tiene consecuencias. Deteriora el clima asistencial, reduce la eficiencia y, en última instancia, afecta a la seguridad y calidad de la atención.
Por eso, el verdadero riesgo de esta reforma no es técnico, sino estructural: abrir una brecha entre médicos y Enfermería en lugar de reforzar su colaboración. Porque un sistema sanitario no funciona cuando sus profesionales compiten entre sí. Funciona cuando cada uno sabe exactamente cuál es su papel y puede ejercerlo con seguridad, reconocimiento y responsabilidad. Cuando no se delimitan con claridad las funciones de cada profesional, y se crean falsas dudas sobre a quién corresponde el liderazgo, no hay equipo. Y cuando no hay equipo, el sistema simplemente no funciona y el paciente es, finalmente, quien asume las consecuencias.