Funeral por la izquierda global
Hace unos días, el cantautor [[LINK:TAG|||tag|||63361a3b1e757a32c790c580|||Silvio Rodríguez ]]solicitó al gobierno cubano un fusil AKM para defender su patria. Se anticipaba al probable caso de que el ejército de Estados Unidos invada la isla, cumpliendo la amenaza de Donald Trump. Por supuesto, le concedieron el arma, con el presidente Díaz-Canel presente en la ceremonia. El régimen necesita defender un ardor revolucionario que hace décadas se ha esfumado de la plebe del país. El gobierno presume de que, hasta hace poco, nunca tuvo que reprimir a sus ciudadanos: preferían el método permitir que se marchasen, aunque fuera en balsa. Ahora tenemos claro que cuando los marines —muchos de ellos, cubanoamericanos— regresen a la isla serán recibidos con vítores y banderas gringas en los balcones. ¿Cómo es posible que el mayor símbolo de resistencia anticapitalista del siglo XX esté deseando ser recolonizada?
Lo cierto es que toda la izquierda global está en decadencia. El mejor chiste de estos días en las redes sociales decía que “la situación en Cuba es tan precaria que han tenido que importar hasta los comunistas”. Celebridades de izquierda como Greta Thunberg, Pablo Iglesias y Jeremy Corbyn —todos de capa caída en popularidad— fueron al país caribeño en viaje de lujo, deteriorando todavía más su prestigio. Hasta los propios analistas progresistas llevan años anunciando que su causa se muere. El influyente politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca, referencia para Sumar, publicó en 2019 el ensayo La izquierda: ¿fin de (un) ciclo? (Libros de la Catarata). Allí argumenta que la derecha ha demostrado su capacidad de crear prosperidad en todo el planeta y que el tamaño de los estados decrece año tras año, dejando poco margen para políticas públicas socialistas. O la izquierda global se reinventa de alguna manera o muere. De momento, no ha encontrado nada fuera de los partidos con la fuerza de los sindicatos del siglo XX, hoy en franca decadencia.
Tanto el feminismo como el ecologismo han fallado como revulsivos a largo plazo para resucitar al progresismo global. Algo mejor les fue con el antirracismo, tras el homicidio de George Floyd sacudiendo al planeta en 2020. El problema de este enfoque se hace evidente en Europa, donde el partido de extrema izquierda La Francia Insumisa representa ya a los inmigrantes, en vez de a los ciudadanos de izquierda. En las últimas municipales, ganaron el ayuntamiento de Saint-Denis y las declaraciones de su nuevo alcalde, Bally Bagayoko, hielan la sangre: “Los franceses nativos son bienvenidos, siempre y cuando se asimilen a la cultura de la población mayoritaria 'racializada'”, explicó. La “asimilación” que siempre han rechazado como “racista” —Bayoko es negro— les parece perfecta cuando son ellos quienes mandan. El nuevo alcalde también dijo que Saint-Denis había dejado de ser tierra de reyes (‘rois’) —allí están enterrados varios monarcas de Francia— para convertirse en tierra de negros (‘noirs’). El juego de palabras en francés ha encendido los ánimos.
Otro artículo interesante, que ha pasado demasiado desapercibido, es el que escribió el historiador izquierdista argentino Pablo Stefanoni, bajo el título de “¿Un muro de Berlín para la izquierda latinoamericana?”. Lo publicó en enero el diario El País y argumentaba que la captura de Maduro tras una operación de Trump era el equivalente a la caída del comunismo en 1989. Como en el caso soviético, el chavismo fue un sistema decadente, cuya corrupción e ineficacia atrajo las críticas de todos los medios de la derecha global. “El resultado es hoy catastrófico. Una suerte de caída del Muro de Berlín para las izquierdas latinoamericanas —y también para las de varios países de Europa—. El desprestigio de Maduro es tan grande que ha paralizado en todos lados las acciones contra la más grave, e impune, intervención imperialista de los últimos tiempos”, admite Stefanoni.
Como explica el geógrafo Cristophe Guilluy, al progresismo le quedan las grandes urbes globalistas, babilonias multiculturales como Nueva York, París y Londres. Si a mediados del siglo XX la izquierda triunfaba en los barrios donde el metro cuadrado de vivienda era más barato, hoy vive de los que registran los precios más caros. A pesar de este dominio, parece impensable que se repitan movilizaciones juveniles como las de 2011, cuando el progresismo tomó la Puerta del Sol en Madrid durante meses o el Parque Zuccotti para montar Ocupa Wall Street. Los veinteañeros se han movido demasiado a la derecha y ahora cualquier acto que llame a la revolución tiene un público de cincuenta años para arriba, echen un ojo a los últimos mitines electorales de Podemos, en recintos de baja capacidad. El partido que hace una década acaparaba titulares en la prensa internacional hoy se encuentra agonizando y soltando improperios contra el ascenso de la extrema derecha.
Más humillante: la derecha está apuntándose varios logros a los que el marxismo aspiraba, como explicó el filósofo Slavoj Zizek en el suplemento cultural La Lectura. “La izquierda repetía una y otra vez el mantra de que debíamos dejar atrás el neoliberalismo global. Eso ha sucedido, pero porque Trump lo ha propiciado. ¿Y qué ha pasado con la idea de revolución en el sentido tradicional, donde una gran multitud ocupa el lugar del gobierno? Lo siento, pero el único intento del que soy consciente se produjo hace cinco años, cuando los trumpistas asaltaron el Capitolio... Sólo conozco a un activista político que se proclama hoy orgullosamente leninista: Steve Bannon. En cierto ocasión dijo: ‘Soy leninista, quiero destruir el Estado’. De hecho, él va aún más lejos. No solo menciona al
Estado, sino también a grandes corporaciones como Amazon o Microsoft. ¿Sabe usted que Gramsci es ahora muy popular entre la derecha estadounidense? Allí han pensado: ‘Deberíamos aprender de él y luchar por la hegemonía ideológica, lo que significa que podemos apropiarnos de motivos que solían ser de la izquierda’”, explica. En España hay más ejemplos elocuentes: Trump amenaza con abandonar las bases militares de la OTAN en nuestro territorio, cumpliendo el viejo sueño de la izquierda de los años ochenta.
Muchas veces usamos la palabra ‘pendulazo’ para referirnos al actual giro conservador, como si estuviésemos condenados a un regreso del progresismo en veinte años. Hay que procesar la posibilidad de que la izquierda desaparezca para siempre, dando paso a un nuevo bipartidismo que ya está asomando en Alemania, donde la vieja derecha globalista (la CDU) se enfrenta a la nueva derecha soberanista (la emergente Alternativa por Alemania). A la izquierda le queda la triste opción china: un gigante que tuvo que abrazar el capitalismo para crecer como potencia geopolítica y que impone a través de la fuerza una liturgia comunista agonizante. En realidad, todos sabemos que el régimen de Pekín se parece más al franquismo que a los soviets.