Amores perdidos
Cada tanto pasa por mi casa Cristian, un chico que va arrastrando un carrito de metal y voceando «¡Compro libros!» . Muchos como él recorrieron la ciudad durante la pandemia, cuando tantos nos dedicamos a sanear nuestras bibliotecas . El destino de esos libros, según me dicen, son los librovejeros del centro de la ciudad, en cuyos puestos puede encontrarse una que otra joya. De vez en cuando le armo una caja a Cristian con libros que sé que no volveré a leer, o porque no me gustaron o porque me parecieron intrascendentes. Читать дальше...