Hay algo triste en todas las despedidas, y sin embargo también hay belleza: una belleza sutil, como la de un día que cae lentamente y nos deja la piel del mismo color del atardecer, con esa media sonrisa con la que uno ve marcharse al amor de su vida o a un gran amigo mientras apura el último trago de una cerveza, absorto aún en ese limbo en el que el otro está y no está al mismo tiempo, porque se está yendo, está ahí mismo, ¿no lo ves?, cruzando la calle, ahora a punto de doblar la esquina… A Julian Barnes hay que imaginárselo así, alejándose lentamente con su traje de tweed, sin prisa, igual que una voz que...
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