La ganadería europea afronta un problema estructural que va más allá de los precios o la logística. La dependencia de ingredientes procedentes de otros continentes, especialmente de Sudamérica y el sudeste asiático, no solo compromete la seguridad alimentaria, sino que también choca frontalmente con los objetivos climáticos y de sostenibilidad marcados por la Unión Europea. Reducir esa dependencia se ha convertido en una prioridad estratégica, y la ciencia busca alternativas que sean locales, eficientes y ambientalmente responsables. En este contexto, los insectos han pasado de ser una curiosidad exótica a un objeto de estudio de primer nivel. La evolución del interés científico es reveladora: si entre 2001 y 2010 apenas se publicaban una quincena de artículos anuales sobre insectos comestibles, desde 2020 la cifra supera los 300 trabajos al año. El punto de inflexión fue el informe publicado por la FAO en 2013, que puso negro sobre blanco el alto valor nutricional de los insectos y las ventajas ambientales de su producción frente a las fuentes tradicionales de proteína y grasa. Aunque en muchas regiones del mundo la entomofagia —el consumo de insectos— forma parte de la dieta habitual, en Europa su introducción avanza por un camino distinto. Aquí, la principal vía de entrada no es el plato humano, sino el comedero del ganado. Y es en ese terreno donde el Instituto de Ganadería de Montaña (IGM), centro mixto del CSIC y la Universidad de León, se ha convertido en un referente nacional e internacional. Desde hace años, el IGM investiga el potencial de los insectos como ingrediente en la alimentación animal, pero con un enfoque propio que lo distingue de otras líneas de investigación. Mientras gran parte de los estudios se han centrado en las harinas de insectos como fuente alternativa de proteínas, los investigadores del instituto han puesto el foco en un componente menos explorado y, sin embargo, crucial: la fracción lipídica, es decir, los aceites. «Los aceites de insectos ofrecen una oportunidad inmediata», explica Pablo Gutiérrez Toral, investigador del CSIC en el IGM. «En Europa, los aceites de insectos están permitidos en la alimentación de rumiantes, a diferencia de las harinas. Esto nos permite evaluar su uso real como sustitutos de grasas vegetales importadas, sin barreras regulatorias». Algunas especies, como la mosca soldado negra (Hermetia illucens) o el gusano de la harina (Tenebrio molitor), presentan contenidos grasos elevados y perfiles de ácidos grasos sorprendentemente similares a los aceites vegetales que hoy dominan las raciones del ganado. Esta similitud no es un detalle menor: implica que pueden integrarse en las dietas animales sin alterar los procesos digestivos ni el rendimiento productivo. Una revisión sistemática de la literatura científica reciente, liderada por el IGM, confirma que los insectos utilizados como ingrediente en alimentación animal contienen mayoritariamente ácidos grasos bien conocidos en la nutrición ganadera, como el palmítico, esteárico, oleico o linoleico. Sus proporciones relativas los sitúan, desde un punto de vista técnico, al mismo nivel que las grasas de origen vegetal. «La mosca soldado negra destaca por su riqueza en ácidos grasos saturados de cadena media, muy similares a los del aceite de coco o el palmiste», detalla Gutiérrez Toral. «Por su parte, el gusano de la harina tiene un perfil rico en oleico y linoleico, comparable al del aceite de colza, soja o girasol». Además, añade, la composición de estos aceites puede ajustarse modificando el sustrato de cría, lo que los convierte en ingredientes versátiles y modulables. Más allá de los análisis de laboratorio, el verdadero valor de esta línea de investigación reside en los ensayos con animales. En los últimos años, el IGM ha acumulado resultados que empiezan a cambiar la forma de concebir la alimentación de los rumiantes. Uno de los estudios más relevantes se centró en la sustitución del aceite de palma por aceite de mosca soldado negra en ovejas de raza Assaf, una de las más productivas en términos de leche. El ensayo demostró que reemplazar un 2 % de la materia seca del pienso con este aceite de insecto no alteraba ni la producción láctea, ni la eficiencia alimentaria, ni la fermentación ruminal. La composición de la leche también se mantuvo estable. «El mensaje es claro», resume el investigador. «Podemos sustituir un ingrediente con alto impacto ambiental por otro más sostenible sin sacrificar productividad». Un segundo estudio fue un paso más allá y analizó cómo este cambio influía en la composición de la grasa de la leche. Los resultados mostraron un aumento de algunos ácidos grasos considerados beneficiosos para la salud humana y una reducción de otros menos deseables, todo ello sin afectar a la cantidad ni a la calidad global del producto. En otras palabras, el aceite de mosca soldado negra no solo funciona como sustituto, sino que puede mejorar el perfil nutricional de la leche. La investigación no se detuvo en el ovino. En colaboración con la Universidad de Turín, el IGM participó en un ensayo internacional de 50 días con vacas lecheras, en el que se sustituyó el aceite de palma hidrogenado por aceite de mosca soldado negra. Los resultados reforzaron las conclusiones previas: el aceite de insecto no alteró negativamente la digestión ni la composición de los ácidos grasos en el rumen. Pero hubo un dato especialmente llamativo: la producción de leche aumentó en casi un litro diario por vaca. «Esto sugiere que el aceite de insectos puede usarse de manera segura y sostenible, mejorando incluso el rendimiento productivo», apunta Gutiérrez Toral. Paralelamente, el IGM ha comenzado a evaluar el potencial del aceite de Tenebrio molitor. En estudios in vitro con raciones típicas de corderos de cebo y ovejas lecheras, este aceite se comportó de forma muy similar al aceite de soja o a los destilados de palma, sin afectar a la digestión ni a la fermentación ruminal. La diferencia clave es su origen: puede producirse a nivel local, reduciendo la dependencia de importaciones. El interés del IGM no se limita a los aceites. Los investigadores también exploran otros componentes derivados de la cría de insectos, como la quitina y el quitosano presentes en T. molitor. En cultivos ruminales in vitro, estas moléculas mostraron capacidad para modificar la fermentación, con una ligera reducción de la producción de gas y cambios en la composición de los ácidos grasos, sin afectar a la digestión global. Aunque se trata de resultados preliminares, abren la puerta a nuevas aplicaciones, como el uso de estos compuestos para modular la microbiota ruminal. «Con ajustes en la dosis y estudios en animales vivos, podrían desempeñar un papel interesante», señala el investigador. En conjunto, los trabajos del Instituto de Ganadería de Montaña dibujan un escenario en el que los insectos dejan de ser una alternativa marginal para convertirse en una pieza clave del futuro de la alimentación animal. Sus aceites permiten reducir la dependencia de cultivos asociados a la deforestación, mantener —e incluso mejorar— la productividad y contribuir a una mejor calidad nutricional de la leche y la carne. El reto ahora no es solo científico, sino también industrial y social: escalar la producción, garantizar la viabilidad económica y vencer las reticencias culturales que todavía rodean al uso de insectos, incluso cuando no llegan directamente al plato humano. Sin embargo, la dirección parece clara. En un mundo que necesita producir más con menos impacto, la respuesta podría estar zumbando discretamente en granjas y laboratorios. Como concluye Gutiérrez Toral, «los insectos constituyen una alternativa sostenible y viable para la alimentación de rumiantes. Y apenas estamos empezando a explorar todo su potencial«.