Sentado sobre el tartán de Gallur, con los brazos apoyados en las rodillas, Moha Attaoui boqueaba como nunca en busca de aire. El público madrileño le aplaudía a rabiar, pero antes de reaccionar y agradecer, el cántabro se concedió un instante íntimo de lamento: apenas un puñetazo contra el suelo y un grito de furia. Quería el récord del mundo de los 1.000 metros y no lo había logrado. Por poco, por muy poco. Solo 32 centésimas le separaron de la plusmarca del yibutiano Ayanleh Suleiman, conseguida hace diez años en Estocolmo. El objetivo no estaba cumplido, aunque por el camino se llevó, eso sí, el récord de España y también el de Europa: 2:14.52, una marca descomunal, al alcance...
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