El 18 de febrero de 2024 Alfonso Rueda no se limitó a ganar unas elecciones autonómicas para legitimarse como presidente de la Xunta de Galicia y consolidarse como barón autonómico del PP, sino que protagonizó un punto y aparte con la 'etapa Feijóo' para abrir una con su nombre y apellidos, que está a punto de cumplir dos años sin visos de desgaste en la gestión, debilidad interna o amenaza política desde la oposición. En el ecuador de la legislatura, Rueda ha seguido cincelando su modelo de 'política tranquila', con el foco puesto en la vivienda, la asunción de nuevas competencias y la apuesta por la captación de proyectos industriales, subrayando además las capacidades de Galicia como destino turístico a todos los niveles. Dos años para afianzarse no solo en el territorio sino también al frente del partido, ayudado por una oposición pendiente de asimilar todavía la derrota de 2024 y que no acaba de encontrar el punto débil con el que desgastar al ejecutivo de Rueda. Hoy lo atacan por Altri, otros días por el estado de la sanidad, en otras ocasiones por la lengua... No preocupa en exceso al gobierno el discurso de la oposición, a la que se ve un tanto perdida. A Rueda no le gusta el ruido, es ajeno a la polarización que articula el discurso político a nivel nacional. Encaja mejor en la 'vieja política', y su mayor concesión a la 'nueva' son sus vídeos peculiares vídeos navideños. En los temas que se prestarían a mensajes más afilados, como la financiación autonómica o la reclamación de competencias para Galicia -que aquí se niegan mientras en otros territorios se entregan sin disputa alguna- opta por dardos muy medidos, contenidos en su virulencia. Entiende que la sociedad gallega no comulga con eslóganes pasados de frenada, y que en ese escenario de ausencia de moderación no lucen sus virtudes y sí las de quienes quieren propiciar ese clima, a un extremo y otro del arco político. Pero que no persiga titulares ni 'zascas' virales en las redes sociales no significa que no sea una voz respetada en el seno del PP. Sus alianzas son calladas, escasamente publicitadas. Estrecha es su conexión con Alfonso Fernández Mañueco desde hace años por motivos extrapolíticos; también mantiene una comunicación muy fluida con Juanma Moreno. Es el sector moderado del PP, instalado en un centro-derecha de amplio espectro, alejado de los modos más ásperos de una Isabel Díaz Ayuso muy cómoda en la trinchera. Rueda se sabe analizado al milímetro con cualquier declaración que haga respecto al liderazgo nacional de Alberto Núñez Feijóo y las decisiones estratégicas que se toman desde Génova. No obstante, ha entendido cuál es su posición en los debates internos. Es un aliado de quien le llamó para ser secretario general del PPdeG en 2006, pero al mismo tiempo el de Os Peares respeta la autonomía de su sucesor en la Xunta. Son equilibrios no escritos en el complejo juego de la política que no se le escapan a un Alfonso Rueda curtido sobradamente en estas lides. El presidente de la Xunta es consciente de que será juzgado por los ciudadanos por su gestión, al igual que ha interiorizado que de nada sirve ser el más eficaz en el despacho si no se está en la calle para mostrarse con normalidad. Su premisa es dar tanta relevancia a actos por la Comunidad como a la actividad oficial en San Caetano. No quiere ser percibido como un político alejado de su realidad sino como alguien al que un gallego cualquiera se le puede acercar para trasladarle una inquietud. Sigue participando en convenciones moteras, carreras solidarias o se escapa a tomar una caña con sus colaboradores después de algún acto oficial. El valor de la normalidad es una de sus señas de identidad y no está dispuesto a perderla. Eso, de puertas para fuera. Porque dentro Rueda se está mostrando como un dirigente exigente con su gobierno y su partido. El recado que envió al eliminar las vicepresidencias y rebajar a conselleiros rasos a los miembros de su gabinete cuando conformó el nuevo ejecutivo regional caló de inmediato. Se demanda más implicación y, sobre todo, mayor exposición. Rueda no es el Feijóo que centralizaba el grueso de los mensajes durante sus años en la Xunta; él quiere que haya una mayor coralidad, y en los últimos meses está siendo más que evidente. Diego Calvo ha recuperado el protagonismo perdido en los primeros compases de la legislatura, junto con otros dos valores de la confianza de Rueda: Román Rodríguez y Ángeles Vázquez. El primero mantiene su control sobre el ámbito educativo; la segunda ha capitaneado la asunción de la gestión del litoral con éxito. Y aunque se hable poco de ella, María Martínez Allegue está ejecutando el mandato de Rueda de que esta sea la legislatura de la vivienda pública. Al presidente no le pasa desapercibida la eficacia de los suyos. Estos dos años no han estado exentos de momentos de crisis. Las dos más graves se produjeron el pasado 2025. En junio, el conselleiro do Mar, Alfonso Villares, anunciaba su dimisión de manera irrevocable para defenderse en los tribunales de una denuncia interpuesta por la modelo y presentadora Paloma Lago por una supuesta agresión sexual en el transcurso de una intermitente relación. El tumulto político lo provocó el hecho de que Rueda conocía desde febrero la existencia de la denuncia en sede policial y mantuvo a Villares en el cargo hasta que le fue notificada la citación como investigado por el TSXG, dada su condición de miembro del gobierno gallego. Y su afectuoso saludo a Villares, durante el acto de posesión de su sustituta en la Consellería, llevó a la oposición a acusarlo de amparar a un presunto agresor. Lo que para muchos podía ser una imagen chocante, en realidad, daba a entender que el presidente de la Xunta disponía de más información de lo que cabía imaginar. Lógico, tratándose Villares no solo de un compañero de gobierno sino de un amigo próximo. Y a sabiendas de que la imagen de ese abrazo podría ser utilizada contra él políticamente, Rueda se prestó a ella al tiempo que expresaba su deseo de que todo quedara resuelto cuanto antes para poder recuperar al exconselleiro. Antepuso la amistad y su conocimiento de la verdad a la corrección política que impera en nuestro tiempo. En el seno del partido no pasó desapercibido el gesto del presidente: da la cara por los suyos cuando considera que se está cometiendo una injusticia. El tiempo parece estar dándole la razón: el juzgado de instrucción de Ferrol que investigó la denuncia solicitó en diciembre el archivo de la causa contra Villares, que está pendiente de los recursos presentados ante la Audiencia Provincial. La resolución podría ser en los próximos días. El segundo de los tragos amargos fueron, sin duda, los rabiosos y brutales incendios del pasado mes de agosto, con una segunda quincena en la que las condiciones de sequía y fuertes vientos convirtieron la provincia de Orense en un infierno. Los datos de hectáreas quemadas superaron el último hito reciente, aquel verano de 2006 del bipartito, y evocaban a los peores años negros de los ochenta y noventa. Según reconoció Rueda en el Parlamento, en agosto se calcinaron en Galicia cerca de 120.000 hectáreas. Fuegos como los de Oímbra, Cualedro, Chandrexa de Queixa o Larouco -el mayor de la historia de Galicia, con más de 30.000 hectáreas consumidas por las llamas- quitaron el sueño durante días al dispositivo antiincendios de la Xunta, que se vio impotente para sofocar la destrucción. Rueda se incorporó al centro de coordinación de Orense (Cecop) tan pronto los incendios ascendieron de categoría y se decretó la situación 2 de emergencia. La consigna era clara: proteger, ante todo, las vidas humanas. Y es una de las escasas satisfacciones que esta ola de fuegos dejó en el presidente, sobre todo cuando en otras regiones las víctimas eran bomberos forestales. Conocida la devastación, convocó de urgencia un Consello de la Xunta para aprobar decretos de ayudas a los afectados, tanto a los que perdieron su primera vivienda (los menos), como las segundas residencias o sus negocios agroganaderos. Durante la fugaz visita de Pedro Sánchez a Orense, en la que vio los efectos de los incendios a través de los monitores del Cecop, Rueda quiso mostrarse institucional y evitó la crítica pública. Al contrario, pidió ayuda al jefe del Ejecutivo para agilizar la llegada de más medios -los humanos sí llegaron, los materiales nunca lo hicieron- y en la aprobación de las ayudas por parte del Estado. A día de hoy, el Gobierno solo ha aprobado las referentes a industrias afectadas; los que perdieron viviendas nada saben todavía. Durante los peores días y en las jornadas posteriores de resaca, la Xunta optó por el perfil bajo y eludió la confrontación directa con la oposición, que pidió dimisiones desde abajo hasta la del propio Rueda. No se produjeron entonces. Sin embargo, la desastrosa campaña de los fuegos sí tuvo consecuencias políticas. En el último Consello del año, Rueda relevaba a casi todo el segundo nivel de la Consellería de Medio Rural, y concretamente el departamento de lucha contra los incendios. Podrían no ser los culpables de lo sucedido en Orense, pero sí tenían su parte de responsabilidad, y de una manera discreta fueron relevados de sus puestos. Si el presidente te toma la matrícula, antes o después acabará tomando una decisión. Los suyos lo tienen claro. Rueda ha interiorizado que no es posible alcanzar grado alguno de interlocución con la actual oposición. No esconde su malestar porque el líder del PSOE, José Ramón Gómez Besteiro, se haya convertido en un mero repetidor de los discursos del Gobierno central en cualquier aspecto que tenga que ver con Galicia, perdiendo todo asomo de independencia en el mensaje. Si desde Moncloa se castiga a Galicia impidiéndole asumir la competencia del litoral que sí se le concede a País Vasco, el PSOE se sumará a coro a la crítica. Hasta que el TC frenó la pretensión gubernamental y reconoció que el marco estatutario gallego permitía dar ese salto competencial. El boicot del Ejecutivo de Pedro Sánchez es indisimulado. El caso Altri es paradigmático. En la primera reunión que Rueda tuvo en Moncloa, a las pocas semanas de suceder a Alberto Núñez Feijóo al frente de la Xunta, el presidente del Gobierno le trasladó en persona su compromiso de que habría fondos Next Generation para el proyecto de la pastera lusa en Palas de Rei. Con el giro del propio PSdeG en este tema, el Gobierno fue virando, negándole los fondos europeos. En el segundo encuentro entre mandatarios, el sí se tornó en un no . Por si quedaba algún resquicio, dejó a la factoría fuera de la planificación eléctrica que necesitaba. Ahora el palo está en las ruedas de la dependencia y la repotenciación de los parques eólicos, que augura nuevos retrasos y frenará la agilización de la concesión de las ayudas sociales. Si con el PSOE los canales de diálogo son difíciles, con el BNG son abiertamente imposibles. Desde la Xunta han entendido que del nacionalismo no pueden esperar nada que no sea manifestaciones y pancartas contra sus políticas, y que para ello se van a servir de todos sus resortes asociativos -véase las plataformas de todo tipo que surgen al calor de cualquier tema polémico- u de otro tipo, como esa CIG convertida en algo más que un simple brazo sindical. La impresión que se tiene es que la amenaza que pudo haber supuesto el Bloque en las últimas autonómicas consiguió desactivarse apelando a una elección muy simple: ¿qué Galicia quiere la mayoría de los gallegos? Y el nacionalismo, lejos de intentar acercarse a esa mayoría social, está reafirmando su férrea adhesión a un modelo tan alejado de la realidad como ajeno al sentir popular. Quedan otros dos años de legislatura por delante, en el que la hoja de ruta de Rueda es poder ir materializando sus políticas de vivienda pública, reforzar la captación de nuevas industrias y, sobre todo, ir preparando la celebración del Xacobeo 2027, un evento que pretende convertirse en un motor económico para el conjunto de la Comunidad y con el que abrir de par en par las puertas de Galicia. Y, de reojo, que sirva de aliciente para las siguientes autonómicas de 2028, que ya no están tan lejos.