A Arcadi Volodos lo llevamos siguiendo desde que lo trajera por primera vez en 1995 Juventudes Musicales de Sevilla, y luego lo oímos en el Festival de Granada (1999) o en este mismo teatro actuó en 2002. Siempre nos ha sorprendido. Volvía ahora y lo que nos sorprendía es verlo tocar en una silla, como hace muchos años (1999) hiciera el pianista rumano Radu Lupu , dejándonos con la boca abierta. Seguramente la explicación en ambos casos se deba a problemas de espalda, de tantas horas sentado ante el teclado. Y es posible que ello le condicione el repertorio, ya que esa posición apoyado en el respaldo de la silla rebaja el nivel de fuerza necesaria para momentos de gran intensidad. Por ello, la 'Sonata' en Sol mayor D. 894 op. 78 de Schubert que ocupó toda la primera parte, presenta en general gran serenidad en sus dos primeros movimientos y por otro lado Volodos controla muy bien el sonido de la mano derecha para destacar la melodía y una izquierda más oscura para el acompañamiento. En el pedal derecho juega siempre al límite del choque con el siguiente acorde, mientras la sordina difumina a veces el trabajo del acompañamiento; y aún así crea un sonido atmosférico y romántico muy agradable. Así podríamos calificar también el 'Menuetto' , que se quedó en amables ritmos vieneses, llenos de vitalidad y que contrastaron con una parte más recogida. En el 'Allegretto' último, algo más animado y de aires más distintos, termina la pieza desapareciendo lentamente. La segunda parte parecía continuar la tónica de la sonata, sólo que aquí habíamos cambiado a Chopin , y se abría con mazurkas que buscaban los delicados pianísimos, si bien la primera, la op. 33 n⁰ 4 en Si menor , marcó más diferencias dinámicas y menos sordina. La op. 41 n⁰ 2 en Mi menor y la op. 63 n⁰ 2 en Fa menor se movían en tiempos lentos, que es verdad que no todo tiene que ser vertiginoso, y sobre todo cuando el pianista domina el arte de apianar (la melodía sobresale siempre lo suficiente); pero a lo mejor se hubiese agradecido una mayor alternancia entre tanta intimidad y algo de brillantez. El 'Preludio' op. 45 en Do sostenido menor ya contiene los suficientes choques dinámicos para conseguir un mayor interés, con diálogo de las manos, aunque más bien parecía como un calentamiento para el rutilante final con la 'Sonata nº 2' en Si bemol menor, op. 35 . Es una obra compuesta en torno a la famosa 'Marcha fúnebre', que es la más lenta y a la vez la más expresiva de la sonata, precedida de un 'Grave' , con el carácter que se espera del matiz que lo define, aunque ya aquí se filtraban aluviones de notas. Estas se volvieron diríamos que vehementes en el 'Scherzo' que le seguía, en el que el pianista se incorporó para usar el peso de todo su cuerpo hasta conseguir las máximas sonoridades (se libró de este torbellino sólo el 'Trio' ). Ni que decir tiene que la 'Marcha' fue un alarde de expresividad, jugando con el colorido del instrumento y un 'rubato' no excesivo, que caminó 'in crescendo' hacia otro 'Trio'. El 'Finale' puso la guinda, ya que está mediatizado por un difícil juego protagonista de tresillos de octava al unísono en las dos manos, que garantizaba el pleno lucimiento del pianista ruso, que aquí dio todo de sí.