De un tiempo a esta parte vengo manteniendo la opinión de que la Atenas de Pericles apenas sería algo más que una tribu de onagros asilvestrados si la comparásemos con la ciudad que habito, toda ella desbordante de genios sublimes, artistas levitantes, prosistas coronados de laurel, poetas de versos arrebatadores, bardos iluminados por todas las musas y deidades del Olimpo. En efecto, aquí no hay día en que los papeles o las enloquecedoras redes no convoquen a la presentación y puesta de largo de un libro escrito por algún poeta que acaba de descubrir la Primavera o por cualquier plumífero con suficiente inverecundia para satisfacer su ego relatando sus lejanos recuerdos en una aldea sometida a los caprichos del cacique...
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