Febrero no solo marca el final de la temporada de caza en España. Para muchos perros, especialmente galgos y otras razas utilizadas en la actividad cinegética, supone el comienzo de una etapa incierta. Mientras los campos se vacían de escopetas y cuadrillas, clínicas veterinarias y protectoras comienzan a recibir a animales cuyo pasado resulta, en muchos casos, difícil de reconstruir. Es un fenómeno que se repite cada año y que, según profesionales del ámbito veterinario y educativo, exige una mirada más profunda que la mera atención sanitaria. Detrás de cada perro que cruza la puerta de una consulta hay una historia de desgaste físico, de miedo contenido y, en el mejor de los casos, de segunda oportunidad. Desde la experiencia compartida por expertos de Nubika, escuela especializada en formación para el cuidado y la atención animal, los meses de febrero y marzo suelen traer a consulta a numerosos perros de caza procedentes de protectoras o recién adoptados por familias que buscan ofrecerles un nuevo hogar. Muchos llegan sin historial veterinario claro, sin registros fiables de vacunación o desparasitación. La primera revisión se convierte entonces en una exploración casi detectivesca: hay que reconstruir su estado de salud desde cero. Aunque algunos presentan una condición aparentemente aceptable, otros evidencian bajo peso, desgaste muscular o secuelas derivadas de la falta de seguimiento sanitario. En consulta son frecuentes las cicatrices antiguas y lesiones mal tratadas, molestias musculares y tendinosas asociadas al sobreesfuerzo, cojeras cronificadas o un notable desgaste en las almohadillas. También se detectan problemas dermatológicos y digestivos vinculados a cambios bruscos de alimentación o a dietas inadecuadas. En el caso del galgo español, una de las razas más visibles en este contexto, su complexión atlética y su carácter sensible hacen que cualquier déficit nutricional o lesión tenga un impacto significativo en su bienestar general. La recuperación física, aunque a veces lenta, suele ser la parte más previsible del proceso: con atención veterinaria, una dieta equilibrada y descanso, el cuerpo comienza a responder. Más complejo resulta el plano emocional. Muchos de estos perros se muestran bloqueados durante la exploración veterinaria. Evitan el contacto visual, mantienen el cuerpo rígido o reaccionan con temblores y una marcada tensión corporal. A diferencia de otros perros que pueden expresar el miedo mediante gruñidos o conductas defensivas más evidentes, en estos casos el sufrimiento suele manifestarse a través de la inhibición. Se quedan quietos, casi invisibles, como si intentaran ocupar el menor espacio posible. Esa aparente «tranquilidad» puede enmascarar un alto nivel de estrés si no se interpreta correctamente su lenguaje corporal. Los expertos advierten de que esta inhibición puede llevar a malentendidos. Un perro que no protesta no es necesariamente un perro que está bien. La clave está en aprender a leer señales sutiles: orejas hacia atrás, cola baja, respiración acelerada, evitación constante del contacto. El abandono —real o percibido— deja huella. Y esa huella no se borra solo con un plato lleno o una cama mullida. Más allá de las historias individuales, los datos ayudan a comprender la magnitud del fenómeno. En 2025 se presentó el primer estudio oficial elaborado por el Gobierno sobre la recogida y salida de perros en España, basado en información aportada por 284 centros entre ayuntamientos y protectoras. El informe, construido a partir de datos homogéneos y con mayor rigor estadístico que iniciativas anteriores, registró en 2023 un total de 18.764 entradas de perros en centros municipales y entidades de protección animal en todo el país. El 81,1 % de esas entradas correspondieron a perros clasificados como «perdidos o abandonados», frente a un 18,9 % entregados por sus propietarios o incautados por las autoridades. En cuanto a la tipología, el 50,8 % eran mestizos; el 21,3 % pertenecían a otras razas; el 12,9 % fueron clasificados como perros de razas de caza; el 12,3 % como potencialmente peligrosos; y el 2,8 % como galgos. En términos absolutos, esto significa que alrededor de 2.000 perros vinculados a razas de caza ingresan cada año en centros de recogida. Una cifra que, aunque no representa la mayoría, adquiere especial relevancia por su concentración temporal y por las particularidades físicas y emocionales de estos animales. La conversación sobre estos perros no puede limitarse al abandono. Debe incluir, necesariamente, el debate sobre educación y bienestar. En el podcast «Bicheando», impulsado por Nubika y presentado por el veterinario Tomás Palomares, especialistas en educación canina han reflexionado recientemente sobre la confusión persistente entre educación y castigo. Subrayan que cualquier modificación conductual debe apoyarse en el respeto y en la cobertura de las necesidades físicas y emocionales del animal. Transformar el miedo en confianza no es un proceso inmediato. Requiere tiempo, coherencia y paciencia. Implica establecer rutinas predecibles, reforzar conductas positivas y ofrecer un entorno seguro donde el perro pueda explorar sin temor a represalias. Los expertos coinciden en que muchos perros que llegan con cuadros de miedo intenso pueden experimentar transformaciones profundas cuando cuentan con familias implicadas. La clave no está en «corregir» al animal, sino en comprender qué le ha llevado a comportarse de determinada manera. Un perro que ha aprendido a sobrevivir en un entorno exigente puede necesitar meses para entender que ya no tiene que hacerlo. Que puede relajarse. Que el contacto humano no es una amenaza. La adaptación de un perro de caza abandonado no es solo un desafío individual para la familia adoptante. Es también una cuestión social. La normalización del abandono, aunque rechazada públicamente, sigue siendo una realidad que se manifiesta cada año en cifras similares. La prevención y la educación se perfilan como herramientas esenciales para romper el ciclo. Educación no solo dirigida al perro, sino también a las personas: sobre tenencia responsable, sobre las necesidades específicas de cada raza, sobre el compromiso que implica incorporar un animal a la familia. Febrero puede ser el mes en que muchos galgos y otros perros de caza quedan expuestos a la incertidumbre. Pero también puede convertirse en el punto de partida de una historia distinta. Una en la que el bienestar, la empatía y la responsabilidad compartida ocupen el centro. Porque detrás de cada cuerpo delgado y cada mirada esquiva hay algo más que estadísticas. Hay una vida capaz de reconstruirse cuando encuentra paciencia y respeto. Y en ese proceso, la educación —entendida como vínculo y comprensión— se convierte en la herramienta más poderosa para devolverles no solo la salud, sino también la confianza perdida.