La izquierda española es esa novia tóxica siempre enfurruñada a la que, si se pregunta, dice que no es lo que uno ha dicho sino cómo lo ha dicho. Por eso, en el asunto del burka, el que no enreda con la semántica (eso no es un burka, es un niqab) lo hace con la emoción (vuestra preocupación no es sincera). Como argumento de autoridad, no solo es pueril sino tramposo, ya que eleva a hecho probado lo que solo es maliciosa sospecha. No contentos con fabricar un enemigo a su medida, uno eminentemente malo para asegurarse, por descarte, la condición de bueno (esa manía de moralizar el debate, antes de arrancarlo siquiera, con una petición de principio autoindulgente), son...
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