Imaginemos la siguiente escena. Hace miles de millones de años, en un Marte joven, húmedo y probablemente con vida bacteriana, un gran asteroide impacta contra su superficie. La corteza del planeta se resquebraja, la roca se funde y miles de toneladas de escombros marcianos son eyectadas de nuevo al espacio a la velocidad de escape, venciendo la gravedad del Planeta Rojo. Y en el interior de uno de esos fragmentos de roca, profundamente incrustados, viajan unos pasajeros microscópicos: una colonia de bacterias. Esos minúsculos organismos acaban de soportar una onda de choque colosal, presiones extremas y un calor abrasador. Pero su odisea no ha hecho más que empezar. Por delante les esperan miles, quizá millones de años de vagabundeo a...
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