Como me he comprado una cafetera, el algoritmo ha decidido convertirme en barista, palabro ya aceptado por la RAE, que ha evitado definirlo como camarero con ínfulas. Hay lugares de internet donde el café ya no es una rutina, sino un ritual, de tal modo que sacar un expreso de una cucharada de café se ha convertido en una forma de ordenar el mundo o la vida propia: primero hay que pesar los granos, luego humedecerlos para quitárle la estática y molerlos a un muy determinado grosor, pues ahí nos jugamos la crema; acto seguido toca repartirlos por el filtro, que ha de ser no presurizado, obviamente, porque los presurizados son propios de bárbaros torrefactados y otras criaturas sin derechos humanos; por último, tampeamos a nivel y colocamos el filtro en la cafetera para ver caer nuestro desayuno como si fuera un pequeño milagro. Lo que se obtiene ahí no es un café perfecto, sino la satisfacción. El ritual del café no es extraño, pues en internet hoy todo se está ritualizando: el café, la carrera de la mañana, el gimnasio, el 'skincare', las duchas, los tuppers de la semana, la lectura, la pasta carbonara, la maleta de la escapada del finde o la mochila para no facturar, la limpieza de los domingos, hasta la respiración misma se ha ritualizado. Hay una forma correcta de hacer cada cosa, una ciencia –hay una ciencia para levantarse y otra para acostarse y un millón para lo que sucede en medio–, y por tanto hay muchísimas posibilidades de decirle al resto que lo está haciendo mal, que tiene que mejorar. Eso es lo que triunfa de verdad, la superioridad moral de quien coge el coche para comprar guanciale o quien va a buscar sus granos de café al otro lado de la ciudad para hacer las cosas como es debido. O sea: tal y como ha visto nuestro barista doméstico en un 'reel' de Instagram mientras perdía el día en el sofá. Que internet se haya convertido en un gigantesco manual de instrucciones de cualquier nimiedad dice muchas cosas de esta época. Como que ante la imprevisibilidad del mundo buscamos certezas manejables, un orden pequeñito, y poco a poco nos convertimos en fundamentalistas de las costumbres, intentando convertir la rutina personal en ley universal. O que tenemos más tiempo libre del que decimos tener, y necesitamos invertirlo desesperadamente. Ya me estoy imaginando el reality de los baristas en La 1. Ahí va una idea para el nombre: Café para todos.