En cada campaña electoral regresa la misma imagen, un pabellón medio lleno o lleno hasta rebosar, un escenario con banderas, música a alto volumen y un candidato que habla con gesto enfático ante los suyos. Afuera, mientras tanto, millones de ciudadanos deslizan el dedo por la pantalla del móvil, consumiendo vídeos de treinta segundos, titulares incendiarios y memes perfectamente segmentados. La pregunta es inevitable: ¿para qué sirven hoy los mítines políticos frente al poder omnipresente de las redes sociales? La respuesta no es nostálgica, sino funcional. El mitin no compite con las redes, cumple otra tarea. Las redes sociales son el territorio del alcance y la velocidad. Permiten micro dirigir mensajes, medir impactos en tiempo real, ajustar discursos según la...
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