Hay un pájaro negro que sobrevuela desde el título hasta la última página de 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro' (Alfaguara), la colección de cuentos de la argentina Agustina Bazterrica. En realidad, la autora ha llegado a España para presentar relatos escritos hace años: algunos nacieron cuando apenas tenía diecinueve. El tiempo ha pasado y, para Bazterrica, ese transcurso es el mayor enemigo a la hora de revisitar sus manuscritos. Hubo cuentos que cambiaron de nombre y debió contener su perfeccionismo para no distorsionar la voz original de las historias. Afectada por el 'jet lag', se desveló la noche previa a la entrevista y no volvió a conciliar el sueño. Se ríe cuando lo cuenta, y confiesa: «Al menos he terminado una novela». Desde la publicación de 'Cadáver exquisito', Bazterrica no ha dejado de habitar textos, bocas y debates sobre el terror literario, comparada casi por inercia con figuras como Mariana Enríquez y Samanta Schweblin. Sin embargo, hay algo en las etiquetas que no termina de encajar. Ella no se considera una escritora de horror; se refugia, más bien, en «el quiebre», habitando territorios donde el género se vuelve poroso y se tiñe, a menudo, con una estela de humor negro. «Es un privilegio que me ubiquen en ese lugar. Me siento muy orgullosa de ser parte de este momento en el cual se está publicando a tantas mujeres y se las está reconociendo», dice. «Las mujeres contamos historias desde hace siglos y se nos está empezando a reconocer como válidas ahora… aunque, desgraciadamente, no siempre lo conseguimos». No le hace falta dar nombres ajenos para ejemplificarlo. «Tengo amigos libreros que me cuentan que todavía hay varones que no quieren leer libros escritos por mujeres. Les recomiendan 'Cadáver exquisito', les interesa, y cuando ven que está escrito por una mujer, lo descartan». Los cuentos de esta colección fueron publicados por primera vez en 2016, pero editados a fondo en 2020. «Los lanzó una editorial muy chiquita en Argentina. No hubo una mirada editorial; no los curaron, digamos». Para ella escribir un cuento no es una tarea de cinco minutos, aunque se lea en ese tiempo. Puede pasar seis meses corrigiendo un solo relato. Su técnica es anatómica. «Escribo la estructura y la considero el esqueleto. Después le añado sangre, carne y músculo», dice, volviendo de forma inevitable al léxico del crúor. «Si un cuento no tiene el ritmo adecuado, si el sonido de una palabra entorpece la lectura, entonces el texto no está terminado». Bazterrica da vueltas al lenguaje hasta que este confiesa sus intereses: carne, filo, silencio. Pero hay una palabra que destaca por encima de todas: hendidura. Para ella, escribir es el acto de ensanchar esa grieta. La realidad es una superficie que aceptamos como verdadera porque el miedo a lo que hay debajo resulta insoportable. «Pensamos que estamos protegidos por este velo de civilización», reflexiona, «pero la hendidura está ahí , recordándonos que el velo es transparente. Estamos aquí, tomando un café, pero en esta misma realidad, en este mismo segundo, hay mujeres en burdeles clandestinos siendo violadas. Esa es la hendidura. Hay un punto donde el horror del mundo se filtra en nuestra comodidad». En su obra, la hendidura es el momento en el que la víctima se convierte en victimaria o cuando lo doméstico se vuelve amenaza. «No quiero conquistar la mente de los lectores ni dejar un mensaje. Lo que me interesa es que el lector reflexione». Para Bazterrica, la anatomía femenina es un espacio público bajo vigilancia constante. Esta idea se vuelve granítica cuando cita a la antropóloga Rita Segato: «El cuerpo de las mujeres es un territorio de disputa». La escritora acentúa ese mandato: «Es el territorio donde los varones escriben sus marcas de poder». Esta visión explica por qué en sus cuentos la carne suele estar herida o bajo asedio. No es un efecto gratuito; es una denuncia de cómo lo íntimo está supeditado a lo social. «Nuestro cuerpo es personal, pero es público. Está sujeto a leyes y paradigmas que lo afectan», explica, señalando directamente a las instituciones: «Un montón de señores en el Vaticano deciden sobre cuerpos de mujeres cuando ellos nunca van a gestar. Se presiona para que seamos eternamente flacas y bellas». Esa obsesión por la imagen ha mutado en una forma de control más sutil y asfixiante: la estética del 'clean look'. En 2026, esta apariencia de pureza absoluta actúa como una 'performance' de pureza que exige un nivel de vigilancia y capital casi inalcanzables. Hay un retorno cínico a la estética de la extrema delgadez que creíamos haber enterrado en los noventa que, en realidad, funciona como una mordaza. Bazterrica identifica aquí una paradoja cruel: «Cuanto más limpio y perfecto debe lucir el cuerpo, más se le despoja de su humanidad, de sus texturas y, en última instancia, de su potencia política». «A las mujeres las torturaban porque supuestamente tenían al diablo adentro , cuando en realidad querían quitarles sus propiedades o sus conocimientos ancestrales», reflexiona. En relatos como 'Las solitarias', esa violencia persiste: la mujer que camina sola por la ciudad se vuelve sospechosa. «Si estás sola, sos peligrosa para otros. Tu cuerpo está expuesto a que te violen o te maten. Pasa constantemente, todos los días». De todos los relatos de la colección, 'Roberto' funciona como el termómetro de su potencia: la historia de la niña con un conejo entre las piernas. Agustina lo escribió a los diecinueve años mientras trabajaba en un estudio de contadores, rodeada de una burocracia que no sospechaba la oscuridad que ella cultivaba. «Se lo empecé a leer a una compañera de trabajo», relata. «El cuento tiene dos páginas, es literal. Pero no llegué al final. Me dijo: 'No, no sigas leyéndomelo'. Y después de eso, nunca más me pudo mirar a los ojos». Ese rechazo visceral fue su primera confirmación de que el lenguaje podía abrir grietas físicas. «Fue un impacto total para ella. Nunca más me volvió a hablar». Es el mismo impacto que sufren quienes le confiesan haber llorado con sus textos o haber dejado de comer carne. Bazterrica lo acepta con distancia: «Hay lectores que se quedan un poco traumados, pero yo no trabajo únicamente con la trama. Trabajo con el sentido que el otro completa». Fuera de la disección, Agustina también busca refugio como lectora. Habla con devoción de su club de lectura, ese espacio sagrado que comparte cada quince días con amigas por 'Zoom'. Allí el análisis es riguroso. El último libro fue 'Lo que no tiene nombre', de Piedad Bonett . «Es una puñalada en el corazón», define. Pero incluso ante ese dolor, su mente opera como la de una cirujana: «Necesito analizarlo desde lo literario, porque es brillante. Se aprende a ser un lector activo, a no quedarse en la superficie». Esa misma exigencia la aplica a sus talleres y a sí misma. Confiesa que la docencia le transformó la cabeza: «Antes escribía de manera intuitiva, pensando con el cuerpo. Ahora soy mucho más consciente de lo que simboliza cada detalle. Si algo no cierra, lo cambio». Bazterrica es una mujer que convive con sus fantasmas con una naturalidad asombrosa. Sabe que las diecinueve garras seguirán incomodando a quienes busquen seguridad en las palabras.