El cambio comienza con una convicción
Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
En las organizaciones, el cambio suele presentarse como una decisión ya tomada. Se comunica con claridad, se explica su propósito y se espera que las personas lo adopten con la misma convicción con la que fue diseñado. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión no ocurre cuando el cambio se anuncia, sino cuando las personas logran verse a sí mismas dentro de él. Porque el cambio no se vuelve real cuando se comunica, se vuelve real cuando se reconoce.
Las personas no necesitan únicamente entender hacia dónde va la organización; necesitan entender cuál es su lugar en ese nuevo escenario; necesitan saber que no están siendo desplazadas por una decisión, sino consideradas dentro de una evolución. Cuando esa conexión ocurre, el cambio deja de sentirse ajeno; deja de percibirse como algo que viene desde fuera y comienza a asumirse como algo de lo que también se es parte.
Ahí es donde ocurre la diferencia más profunda; no en la estrategia, ni en el cronograma, ni en la herramienta implementada. Ocurre en la forma en que las personas interpretan su propio rol frente a lo que está sucediendo.
Las organizaciones que comprenden esto lideran el cambio de una manera distinta. No se limitan a informar lo que va a pasar; construyen el significado de lo que está pasando. Entienden que cada conversación, cada espacio de escucha y cada gesto de coherencia es una forma de decirle a las personas: este cambio también cuenta contigo.
Y cuando alguien siente que cuenta, algo se activa. Aparece una disposición diferente; y eso no ocurre porque se le haya exigido, sino porque logra encontrar sentido, porque descubre que no está perdiendo su lugar, sino redefiniéndolo.
El cambio, entonces, deja de ser una transición que hay que atravesar y se convierte en una posibilidad que se puede habitar.
Al final, las organizaciones no avanzan solo porque cambian sus estructuras; avanzan porque las personas deciden avanzar con ellas. Y esa decisión no nace de la obligación, nace del momento en que alguien deja de sentirse espectador y empieza, por fin, a sentirse parte.
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