Primo Levi decía que había querido hacer un libro como un procedimiento químico: que las aguas servidas de su experiencia en el campo de concentración, al pasar por su escritura, se convirtieran en aguas claras, que le permitieran dar un testimonio sin emociones, sólo construido con hechos. No lo logró. Tal vez porque cuando se lo llevaron detenido --secuestrado--, tenía ya veintidós años y conocía bien los sentimientos. Había vivido la ternura de ser hijo de una madre que lo quería, la felicidad de tener amigos del barrio, la sorpresa de la lectura, el shock epistemológico de descubrir un mundo nuevo en la universidad...