Lugar para el reencuentro (84): Haikurismos
abe gran poesía en el pequeño recipiente de los tres versos que lo componen. Del haiku se dice, y no sin razón, que se sustenta en la naturaleza, en el impacto que ésta produce en el poeta. Los japoneses, con Basho al frente, lo dejan poéticamente bien claro. No obstante, la poderosa impresión que la naturaleza produce, en sus innumerables e impactantes manifestaciones, nos asombra, nos admira, nos emociona: todo ello nos conduce a la exaltación del espíritu, a la nostalgia, a todo tipo de sentimientos y a la reflexión. Y aquí entra el aforismo a darle la mano al haiku y a decirle «qué breves somos y cuánto llevamos dentro». O eso mismo se lo puede decir el haiku al aforismo, o se lo dice el uno al otro.
El aforismo, prosa breve y no prosaica, es filosofía condensada, perfume intenso en frasco muy pequeño, nutrido de pensamiento, sustentado no pocas veces por la paradoja y la ironía. Pero sustentado, sobre todo, por el esencial asombro ante lo visible e invisible de la vida, ante la belleza y el dolor, ante el inagotable misterio de la realidad. Y de este asombro primigenio y constante nace la filosofía, nace la ciencia y nace la palabra del poeta.
Breves, haikus y aforismos abren múltiples caminos hacia la emoción y hacia el conocimiento. Ambos me llamaron, me llaman. Profundamente agradecida por esta llamada de la brevedad intensa a mi humilde persona, he puesto, y continúo poniendo, mi palabra a su servicio. Comparto aquí una breve muestra del uno y del otro:
La poesía no explica ni define: revela. Toda poesía es epifanía.
El tiempo nos esculpe y nos destruye, la eternidad aguarda y nos rescata.
En cada charco
el cielo se hace niño
como jugando.
Tarde de invierno:
el fuego se hace amor
y el amor fuego.