Toledo. La última copa
Sí. Ya venía con sus mentiras y aires disolutos a cuestas. Estábamos advertidos. Sin embargo, lo que hubo antes había sido tan malo en términos de corrupción, ética y atropello de las instituciones, que el líder de la Marcha de los cuatro suyos, el “cholo sano y sagrado”, en realidad un individuo de muy baja estofa, fue capaz de capitalizar la decepción de aquella población que el 2001 lo llevó el poder.
Todo lo que sigue siendo obvio, todos los síntomas de encubrimiento, repetición y propuesta, que sus declarados enemigos políticos manifiestan semana a semana, como el blindaje a Héctor Becerril o el hecho de que se quieren bajar los acuerdos de colaboración eficaz con las empresas brasileñas, so pretexto de la reparación civil, o las agresiones al fiscal Pérez queda, lamentablemente, relativizado entre la opinión pública por las andanzas de quien alguna vez representó los valores opuestos: Alejandro Toledo.
Hoy una piñata rota, sin color y sin dignidad, incapaz de resistir el mínimo golpe de los crápulas que decía combatir, porque él también resultó siendo uno de ellos. 20 millones de dólares en coimas, una foto policial de un individuo alcoholizado en USA, mitómano hasta el tuétano, sigue distorsionando la frontera entre el bien y el mal y lo seguirá haciendo hasta que se logre extraditarlo.
Vergüenza nacional es poco, señor Toledo, porque el daño que usted le ha hecho a la moral del país todavía no puede ser medido. En serio, ¿usted fue presidente del Perú?