Teresa Berganza fue una música con arrojo, decisión, voluntad y exigencia: una reunión de virtudes que en ella se identificaban con algo tan aparentemente difuso como lo madrileño. En Berganza sobrevivía el orgullo de una ciudad que, más allá del tópico archinesco y las idioteces de última hora, se sustanciaba en el recuerdo de una calle «larga y estrecha» llamada de San Isidro Labrador, donde nació, en pleno centro. Algo puede vislumbrarse escuchando la defensa musical que hizo de la zarzuela, dicha siempre con gallardía y con un poso de verdad incuestionable que para ella fue fácil compartir con ese monstruo de la interpretación llamado Ataúlfo Argenta, descubridor de intérpretes (Berganza entre ellos) y, al tiempo, artífice de un estilo...
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