No le quites la tristeza
La serie transcurre mucho después, cuando ella tiene cuarenta y nueve años (qué edad) y ha fracasado de muy diversas formas, dentro y fuera de la escritura. Bebe demasiado, su hija le grita y su marido le ha echado de casa: un domingo cualquiera. En lo más hondo de la miseria un amigo le ofrece trabajo como columnista-consejera, así que de pronto se ve respondiendo a las cartas que le envían los adultos perdidos de la modernidad, que son (somos) multitud. «Soy un desastre de mujer. Me he casado dos veces; soy mentirosa, compulsiva, infeliz, celosa y estoy sola. Y no tengo derecho a darle consejos a nadie», suelta. ¿Y quién sí? ¿Juan del Val? Además, la gente no quiere consejos, quiere que la escuchen, mejor aún, que la entiendan. Con eso se llenan las terrazas de España y se vacían los barriles de cerveza. Y para eso no hay mejor hombro que el de alguien que ya se ha roto, que está de vuelta, que ama todavía. Para lo demás están los que cobran por minuto.
La serie, una maravilla, bordea la autoayuda por la orilla de la verdad, es decir, del dolor. Porque las lecciones casi siempre vienen de la herida, aunque luego la vida siga por otra parte y nada pueda aprenderse si no es con la piel (para qué más). ‘Tiny beautiful things’ tiene algo de ‘This is us’ en su empeño freudiano de ir al pasado a buscar las explicaciones del presente, y en ese gusto por cargar la música para el melodrama. Es una historia llena de tristeza. Y menos mal. Por esas grietas entra la luz.