La luz de Ortega eclipsó todo. Incluso antes de tomar capote y muleta. Su forma de ser y estar, su manera de andar y llenar el escenario, cegó hasta al presidente, que cerró los ojos ante Talavante, injustamente tratado por el alegre palco. Hubo fiesta para todos, menos para el extremeño. No atendió a la petición en la primera faena, de correcto tono a un animal sosito y noble, y le negó la segunda oreja en la emotiva obra al cuarto, un manso con transmisión y flecos de genio. En los mismísimos chiqueros tuvo que plantear batalla al huido animal, al que de verdad dominaría en una serie por abajo sin más horizonte que su tela roja. Las manoletinas y...
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