Miraba el primer toro de Miura como don Eduardo miraba al ministro de Cultura. De frente, sin quitarle ojo, con semblante de pocos amigos para aquel que ha dejado a la tauromaquia sin más medallas de oro. Venía la corrida de Zahariche con su tirón taquillero y toda la leyenda a cuestas, con la seriedad del encaste y la psicosis que brota nada más ver su nombre en el cartel. ¡Que viene Miura! Y eso son palabras mayores y voltajes superiores. En tensión siempre. Como el ñu con la manada de leones. Titánico el esfuerzo de la terna –meritísima la reaparición contra todo pronóstico médico de Escribano y el premiado toma y daca de Esaú–, vibrante cada batalla entre presa...
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