Desplegó San Fermín su capote en el encierro, que se acercó al abismo de una sangría descomunal, propia de una carnicería de guerra. Pero ni una gota se derramó en el milagro matinal. Dos toros se quedaron dando vueltas al anillo en medio de una muralla humana, con cientos de mozos cuya cara se afilaba cada vez que veían pasar a milímetros al mulato y al castaño, con más de un pantalón blanco convertido en el 'marronazo' del anuncio de pañales. Pero ni un extraño hicieron Ilustrado y Chistoso, con una nobleza infinita, con una bondad de convento. Como si aquello fuese el tauródromo, sin buscar presa alguna. Ni siquiera los tontos que faltaban el respeto al toro y se...
Ver Más