Se le ve venir en la distancia, igual que a los osos y los mitos. Camina como si alguien lo estuviera grabando, y así se acerca: Loquillo (Barcelona, 1960) es todo lo que te esperas que sea Loquillo, y también lo que no. Nada más llegar a la Biblioteca Nacional abre los brazos y dice: «El mundo es mío». Y después: «Estoy a seis meses de la jubilación». Y uno lo imaginaría retirándose a un castillo igual que un Casanova, a vivir feliz entre libros y recuerdos y silencios, viajando solo ya en las conversaciones, pero el hombre no tarda en confirmar que sigue agarrando a la vida por la pechera y que todavía le gustan los aeropuertos: ahí siempre...
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