En la Girona del siglo XIX, aún con olor a incienso y humedad de piedra medieval, empezó a circular
un rumor inquietante: alguien estaba robando a la mismísima Iglesia bajo sus narices. Un ladrón hábil, silencioso, capaz de colarse en sacristías y tesoros sin forzar puertas ni dejar casi rastro.
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