El conejito malote de Bad Bunny
En Madrid tenemos en estos días los conciertos de Bad Bunny que no ha venido a España solo a cantar sino también a facturar, llenar hoteles, disparar el consumo, mover trenes, restaurantes, taxis, merchandising y noches enteras de una ciudad convertida en un parque temático del perreo con cientos de miles de personas dispuestas a pagar mucho dinero por formar parte de una liturgia colectiva con sabor a reguetón.
Según dicen, ya son 600.000 las entradas que se han agotado en sus conciertos en España con precios medios de 150 euros y solo en Madrid se estima un impacto económico superior a los 200 millones de euros, es decir, que el conejo malote no es solo un fenómeno musical sino toda una industria ambulante con acento puertorriqueño, estética cuidadosamente diseñada y una capacidad extraordinaria para convertir la euforia colectiva en caja registradora.
Ahora bien, quizás lo más interesante no esté en la cifra de ventas sino en la contradicción, porque vivimos en una época donde se revisa con lupa cada anuncio, cada discurso público, cada campaña institucional y cada frase pronunciada en una empresa por si esconde un sesgo machista, una mirada patriarcal o una ofensa a las sensibilidades de otros. Sin embargo, canciones con letras mucho más explícitas pueden convertirse en un himno de empoderamiento si tiene suficiente ritmo, llenando estadios mientras todos perrean y otras pelean por estar en una casita escaparate.
No se trata de prohibir nada ni censurar canciones ni dictar gustos musicales desde un púlpito moral porque cada uno puede hacer lo que quiera, sino de preguntarse por qué hay machismos que provocan comunicados de condena y cancelan carreras profesionales mientras que otros se corean con pulsera VIP a ritmo de reguetón y agotan entradas, descubriendo algo fascinante en la economía del espectáculo, que la coherencia no siempre vende, pero la contradicción bien producida vende millones pues nuestra indignación moral depende del envoltorio.
El conejito malote no es solo un artista sino un empresario de éxito, una unidad de negocio con gafas de sol, casita, uñas pintadas y una capacidad admirable para convertir el perreo en PIB, demostrando que la doble moral también se baila y, además, factura.