Los nombres rotos de Pedro Sánchez: todas las decepciones del presidente
Pedro Sánchez llegó a Moncloa prometiendo una regeneración democrática. Ocho años después, una parte sustancial de los nombres que le ayudaron a conquistar el PSOE, regresar tras su caída en 2016 y consolidar su poder aparecen atrapados en una maraña de investigaciones judiciales, escándalos políticos, ceses traumáticos y carreras destruidas. La oposición lleva años intentando demostrar que el presidente conocía las actividades de algunos de ellos. No lo ha conseguido.
Tampoco la Justicia ha acreditado hasta ahora que Sánchez participara en algunos de los hechos que se investigan en la Audiencia Nacional o en el Tribunal Supremo. Pero existe una pregunta mucho más política que empieza a perseguir al presidente: por qué tantos de los nombres en los que más confió terminaron convertidos en juguetes rotos.
Todo empezó en octubre de 2016. Pedro Sánchez acababa de ser derribado en uno de los episodios más traumáticos que se recuerdan en Ferraz. Mientras la mayoría de dirigentes le daba la espalda, a su alrededor se formó un núcleo de fieles: José Luis Ábalos, Santos Cerdán, Adriana Lastra, Juan Manuel Serrano, Paco Salazar y un puñado de dirigentes armaron su proyecto.
Cuando Sánchez aterrizó en Moncloa, ellos volaron con él. Ábalos se convirtió en ministro, secretario de Organización y uno de los hombres más poderosos. Santos Cerdán heredó progresivamente el control del aparato socialista. Juan Manuel Serrano terminó al frente de Correos.
Paco Salazar ocupó posiciones de relevancia en la estructura presidencial. El sanchismo no era solo un liderazgo. Era una red de confianza larvada durante años de resistencia. Y precisamente por eso sus caídas resultan hoy tan devastadoras para el presidente. El primero en desplomarse fue Ábalos. Su caída abrió una grieta que el presidente no ha podido tapar del todo. Durante años fue el rostro de Sánchez. Hoy es uno de los nombres más asociados a la corrupción que golpea al entorno socialista.
Junto a él apareció Koldo García. Guardaespaldas, chófer, hombre para todo y sombra inseparable del exministro. Su detención en febrero de 2024 abrió la caja de Pandora. Con él empezó el deterioro acelerado del relato de ejemplaridad que había acompañado al PSOE desde la moción de censura contra Mariano Rajoy. Pero el golpe más duro para Sánchez llegó después. Santos Cerdán no era un ministro. Era algo más importante.
Era el hombre que controlaba el partido tras el derrumbe de Ábalos. El negociador con Junts, Bildu y el PNV. El dirigente que resolvía las crisis internas, imponía disciplina orgánica y ejecutaba los encargos más delicados. Su caída tiene una dimensión distinta a la de Ábalos. Porque Cerdán era otra una apuesta personal del presidente. El hombre elegido para sustituir precisamente a Ábalos. Sánchez depositó en Cerdán parte de la estabilidad política del Gobierno. Primero cayó el escudero. Después cayó quien había heredado el escudo.
Paco Salazar terminó apartado por acusaciones de acoso sexual. Y Adriana Lastra desapareció abruptamente de la primera línea tras una guerra interna con Cerdán. Y luego está Leire Díez. No era nadie. Pero cada nueva revelación lo desmiente. Juan Manuel Serrano, amigo personal de Sánchez y uno de sus colaboradores más antiguos, ha reaparecido en las investigaciones relacionadas con Leire Díez.
La principal dificultad del presidente quizá no sea que algún día aparezca una prueba que le vincule directamente con las actividades que investigan los jueces. Su principal problema es que cada vez es menos creíble que tantos nombres situados de confianza actuaran sin que él supiera nada. Y ocho años después, el presidente contempla cómo muchos de los hombres que le ayudaron a conquistarlo aparecen repartidos entre sumarios, investigaciones, escándalos y silencios. Los nombres rotos de Sánchez.