La Dallas que nadie espera
Hay destinos que se empiezan a recorrer mucho antes de comprar el billete.
Dallas es uno de ellos. Ranchos, sombreros vaqueros y carreteras infinitas. Ese es el imaginario que el cine y la televisión han construido durante décadas alrededor del viejo Texas.
Esa Dallas existe, y sigue ahí. Lo que pocos esperan es una escena cultural que no deja de crecer, una gastronomía texana cada vez más reconocida y una naturaleza urbana que se cuela entre los rascacielos sin que nadie la anuncie en las guías.
Visitar Dallas este verano es descubrir una ciudad que, cuando cae la tarde, saca a la calle algunos de sus mejores planes. Y este año, además, lo hace como sede del Mundial, con la ciudad volcada en el ambiente del torneo. Para disfrutarla, solo hay que aprender una regla, tan sencilla como efectiva: dejar que el compás lo marque el sol.
Las primeras horas de la mañana son perfectas para adentrarse en sus espacios climatizados. Conforme avanza la tarde, terrazas, parques y barrios recuperan todo su protagonismo.
La Reunion Tower, la histórica Dealey Plaza o el Dallas Museum of Art siguen siendo parada obligada para un primer paseo por la ciudad. Pero la ciudad muestra su mejor cara cuando se abandona esa ruta ya conocida y uno se deja llevar por barrios y lugares que rara vez ocupan los titulares.
Cuando el sol manda
El Dallas World Aquarium es el primer “refugio”. No es solo un acuario, sino una selva tropical en miniatura donde perezosos y aves exóticas conviven en libertad mientras tiburones y mantarrayas cruzan sobre la cabeza del visitante en un túnel submarino.
Lo ideal es llegar nada más abrir, antes de que aumente la afluencia de público.
Otra excelente propuesta para ese primer tramo del día es el Hilton Anatole y su Topgolf Swing Suite, donde cada swing se convierte en una bola virtual que sale volando hacia una pantalla gigante, mezcla de golf y videojuego, antes de continuar la jornada.
Con la llegada de la tarde, el Samuell-Grand Park se convierte en uno de los escenarios más especiales de Dallas gracias a la temporada al aire libre de Shakespeare Dallas. Antes de la función, el césped se llena de mantas y cestas de pícnic.
Las funciones de julio y agosto suelen llenarse con rapidez, así que conviene reservar entrada con antelación.
Para quien busca naturaleza sin salir de la ciudad, el río Trinity se recorre en kayak con el perfil de los rascacielos reflejado sobre el agua. Una imagen que ninguna postal clásica de Texas incluye jamás.
El recorrido más habitual ronda las dos horas entre ida y vuelta, y los fines de semana conviene organizarlo con margen debido a la alta demanda.
Sabores de Dallas y Grapevine
La gastronomía termina de derribar los últimos tópicos sobre Dallas.
Lower Greenville concentra algunos de los locales más interesantes. La azotea de HG Sply Co. combina buenas vistas con una cocina de raíz orgánica y una carta de cócteles cuidada. A solo un paseo, Barcelona Wine Bar traslada un pequeño rincón de España al corazón mismo de Texas.
El broche más dulce lo ponen Botolino Gelato y Joy Macarons, dos paradas casi obligadas para cerrar la noche con algo frío en la mano.
Grapevine, a poco más de media hora en coche, cambia por completo de registro. Su Main Street reúne bodegas y salas de cata donde probar los vinos locales, y el Grapevine Lake ofrece la alternativa perfecta para quien prefiere el agua antes que el vino: alquilar una pequeña embarcación, darse un baño o simplemente dejar pasar la tarde junto a la orilla.
Dallas conserva el carácter tejano con el que tantos viajeros ya sueñan gracias al cine.
La diferencia ahora es todo lo que ha crecido alrededor de ese carácter: una ciudad que ha aprendido a contar su propia historia con matices nuevos y que sigue sorprendiendo incluso a quien cree que ya la tiene completamente vista.
Solo hace falta quedarse un par de días más y dejar que el ritmo de la ciudad marque el itinerario para descubrir que el Texas del cine era solo el comienzo de una historia mucho más larga.