Vuelven los tambores guerra al Golfo Pérsico a cuatro meses de las legislativas estadounidenses
Vuelven a sonar tambores de guerra en el golfo Pérsico. El alto el fuego que Teherán y Washington habían exhibido como un gran triunfo se vino abajo después de que Donald Trump reanudara los ataques contra Irán. La nueva ofensiva llegó después de que el presidente notificara formalmente al Congreso que las hostilidades se habían reanudado el 7 de julio, en una guerra cuya continuidad los legisladores llevan tiempo rechazando.
Con esta comunicación, Trump activó una nueva cuenta atrás de 60 días prevista por la Ley de Poderes de Guerra, durante la cual la Casa Blanca sostiene que puede mantener las operaciones militares sin la aprobación del Capitolio. La decisión de reiniciar la cuenta atrás ha sido cuestionada por legisladores de ambos partidos, y una vez agotado ese periodo, el mandatario debería obtener el respaldo del Congreso o retirar a las fuerzas estadounidenses del conflicto.
Elecciones a la vista
Con unas elecciones legislativas a la vuelta de la esquina, la pregunta es por qué el presidente ha vuelto a la casilla de salida en este conflicto. Desde la Casa Blanca sostienen que no fue decisión del mandatario, sino una respuesta a Irán por haber violado el acuerdo provisional del 17 de junio al atacar buques comerciales en el estrecho de Ormuz. Sin embargo, los expertos apuntan en otra dirección. Hablan de un intento de forzar a Irán a regresar a la mesa de negociaciones desde una posición más débil tras una campaña militar intensa, pero breve, sin entrar en un conflicto más amplio. En palabras de Trump, mediante ataques "limitados".
Con este movimiento, EE UU busca presionar para que Irán claudique sin asumir el coste político y económico de otra guerra interminable, además de evitar mostrarse débil en las negociaciones. Un sector de los votantes republicanos considera que el acuerdo provisional que se mantenía hasta hace poco hacía demasiadas concesiones a Teherán y podría perjudicar al partido en las elecciones legislativas de dentro de cuatro meses. Reanudar los ataques permite a Trump proyectar una imagen de firmeza ante sus bases y silenciar, al menos temporalmente, a quienes le reprochan no haber terminado el trabajo que empezó.
Los riesgos evidentes
Sin embargo, el presidente afronta dos riesgos evidentes. El primero es electoral. La demostración de fuerza puede movilizar a sus votantes, pero las encuestas reflejan un respaldo limitado a la ofensiva militar. Según un sondeo de Reuters/Ipsos, solo el 37% de los estadounidenses respalda los bombardeos, mientras que el 79% teme que el enfrentamiento se convierta en una guerra prolongada. Seis de cada diez encuestados temen que siga aumentando el precio de la gasolina, una preocupación que podría pasar factura a los republicanos en las urnas.
El segundo riesgo está en los arsenales. EE UU no ha tenido tiempo de reponer las armas consumidas durante los primeros meses de guerra. La Operación Epic Fury obligó al Pentágono a emplear miles de municiones de precisión y sistemas defensivos. Un análisis del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales estima que Washington utilizó al menos la mitad de sus interceptores THAAD (sistemas estadounidenses diseñados para interceptar misiles balísticos en la fase final de su trayectoria, incluso a gran altura), casi la mitad de los Patriot (sistemas de defensa antiaérea y antimisiles) y alrededor del 30% de sus misiles Tomahawk (misiles de crucero de largo alcance).
Crecen los temores
La tregua dio un respiro, pero la producción avanza con lentitud. El Pentágono recibe 15 Tomahawk y 20 Patriot al mes, y ya no hay más entregas de THAAD previstas para 2026. Recuperar los niveles anteriores podría requerir tres años o más, y hay quien teme que EE UU pueda quedar desprotegido en una eventual guerra con China o incluso con Corea del Norte.
Esto no significa que EE UU se haya quedado sin capacidad para combatir. El Departamento de Defensa insiste en que posee suficientes recursos para hacer cumplir sus objetivos, pero una campaña prolongada podría comprometer su preparación en otros frentes y encarecer todavía más una guerra que el Congreso lleva meses tratando de detener. Al cierre de esta edición, Trump se mantenía en su discurso de que la nueva ofensiva sería "limitada", sin embargo, cada nueva oleada de bombardeos hace más difícil sostener esa promesa.