Para el jugador de la selección española Borja Iglesias el tiempo ya no se mide en minutos sino en emociones. Antes de ir al Mundial se fijó en un reloj que le había llamado la atención y se lo dijo a un amigo suyo, relojero en La Coruña. Este, tras no pocas peripecias —subastas, viajes, ofertas a propietarios—, lo encontró y se lo entregó un día antes de que el equipo partiera hacia Estados Unidos. Borja ganó el torneo y el reloj estuvo con él en todo momento. Fue su talismán. No vamos a hablar de cómo fue la final. No vamos a hablar de que la educación venció a la violencia. No vamos a hablar de que lo menos...
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