La revelación llegó por casualidad hace un par de meses; estábamos en una terraza de la plaza cuando vimos salir de la iglesia a Armando, un viejo compañero del instituto. «¡Pero bueno, ¿qué haces por el pueblo?», le preguntamos. Llevábamos años sin verle el pelo. Venía por un entierro. Bodas y funerales, los únicos motivos para ver a un forastero fuera de Navidad, Semana Santa o fiestas de verano. El difunto era un tío abuelo suyo al que ninguno conocíamos de nombre, hasta que alguien le preguntó si aquel hombre había sido el conserje del instituto. Efectivamente, era él. Aquella noche, en el grupo de Facebook del pueblo, estaban mencionando precisamente lo del sepelio cuando alguien compartió un enlace de...
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